Lo reconozco. Esta parada es un homenaje a Fernando León. No sólo por inspirar dicha parada, sino porque siempre he querido tener el valor de dedicar un homenaje a este imaginativo director. Tan comprometido con sus películas que cuando las finaliza las ha transformado en batallas hacia ningún lugar, pues ambos bandos ocupan un mismo espacio. Sentado en la butaca, o en el sillón, acepto esa batalla contra la historia que Fernando nos propone y que, a fin de cuentas, es una batalla contra uno mismo, contra nuestros propios pensamientos. Esa búsqueda del suicidio mental tan fascinante y que no acaba con los títulos de crédito, sino que sigue remanente, ronroneando... por allí dentro. En la última batalla, aplazada una y otra vez por falta de tiempo hasta que recientemente me pude sentar frente al televisor dispuesto con todas mis armaduras mentales, el poso estratificado entre mis sienes tenía nombre propio. Aquellas princesas... Me rondaban preguntas por doquier. ¿Es cierto que todas sois princesas? ¿Tan delicadas que no pueden separarse de su reino? ¿Y las brujas? ¿O todo es lo mismo? Tan delicada, que una pluma podrá rasgar su piel. Tan malvada, que con tan sólo una mirada de menosprecio podrá hacer desaparecer el mundo. Hay tantos rumores inciertos... Así que no me queda más remedio que acudir a la experiencia propia. Yo, en medio de princesas. ¿Te damos miedo, Anlurina? No, no es exactamente miedo. Podría llamarse incertidumbre. Incertidumbre ante el desconocimiento del terreno que en cada momento estoy pisando. Y esta incertidumbre no me supone peligro alguno. No, no es peligro. Simplemente es incertidumbre. Pues siempre es tan agradable pisar este terreno. Recorrerlo con los pies desnudos, para poder estudiarlo mejor. Para entonces encontrar la incertidumbre insalvable. Si el terreno en el que me encuentro es una superficie inmensa, ideal para poder ser investigada, ¿cuándo será el momento en que la grieta invisible me atraiga hasta dentro de sí? O al contrario, si me encuentro cayendo hacia el vacío, ¿cómo es que siento de repente esa brisa tan característica que recorre la superficie? Con todas
estas complicaciones, hay hombres que enloquecen, que olvidan que esta geografía tan especial no pertenece a ellos. Es externa, siempre es externa, aunque puedas recorrerla una y otra vez, investigándola, mimándola, apreciándola e, incluso, desesperado por tanta incertidumbre, detestándola. Las princesas son princesas, con sus pliegues tan especiales, tan delicados e inabordables. Destruir el pliegue significa no querer nada, morirse por dentro, fagocitado por el vacío todo desaparece. Y aún así hay muchos que recurren a esta opción, engañados por su propia estupidez, que cree una y otra vez que todos esos pliegues forman parte de él. Tan tonto que lo que realmente buscaba era arrancarse la piel. Suicidarse.
Y de esta forma, recorro los pliegues que, en ocasiones, se estiran hasta formar una preciosa superficie y en otras se encogen para atraparme en recovecos imposibles. Pero todo esto. Todo. Es un juego entre las princesas y los hombres. Un juego tan fascinante, tan fascinante, que aún hoy sigo perdiendo. Y no me importa, que ganen ellas tantas veces como deseen. Yo ya estoy ganando cada vez que recorro estas superficies con todos mis sentidos. Idiotas. Os jode tanto perder que no os percatáis que os ha caído un regalo del cielo al permitir que esa princesa os deje investigar entre sus pliegues. Tan fácil como afirmar la incertidumbre. Entonces comprenderéis la grandeza de las princesas. El tren se escapa. Gracias Fernando.
estas complicaciones, hay hombres que enloquecen, que olvidan que esta geografía tan especial no pertenece a ellos. Es externa, siempre es externa, aunque puedas recorrerla una y otra vez, investigándola, mimándola, apreciándola e, incluso, desesperado por tanta incertidumbre, detestándola. Las princesas son princesas, con sus pliegues tan especiales, tan delicados e inabordables. Destruir el pliegue significa no querer nada, morirse por dentro, fagocitado por el vacío todo desaparece. Y aún así hay muchos que recurren a esta opción, engañados por su propia estupidez, que cree una y otra vez que todos esos pliegues forman parte de él. Tan tonto que lo que realmente buscaba era arrancarse la piel. Suicidarse.Y de esta forma, recorro los pliegues que, en ocasiones, se estiran hasta formar una preciosa superficie y en otras se encogen para atraparme en recovecos imposibles. Pero todo esto. Todo. Es un juego entre las princesas y los hombres. Un juego tan fascinante, tan fascinante, que aún hoy sigo perdiendo. Y no me importa, que ganen ellas tantas veces como deseen. Yo ya estoy ganando cada vez que recorro estas superficies con todos mis sentidos. Idiotas. Os jode tanto perder que no os percatáis que os ha caído un regalo del cielo al permitir que esa princesa os deje investigar entre sus pliegues. Tan fácil como afirmar la incertidumbre. Entonces comprenderéis la grandeza de las princesas. El tren se escapa. Gracias Fernando.