Acompáñame, Anlurina, y sígannos, amados lectores de este emocionante blogmóvil, y deja que te abra la puerta del pasado de mi familia, en el que últimamente estoy husmeando, y, de alguna manera, reviviendo.
Es extraño cómo, una puerta que siempre había estado ahí, y mil veces había tocado su pomo, jamás la hubiera atravesado. Y más extraño es que, justo cuando ya no hay nadie que pueda aclararme los interrogantes que tras ella se plantean, es cuando yo me decida a atravesarla y perderme en sus interminables pasillos. En esos pasillos en los que desde principios de siglo se han ido guardando pequeños detalles que ahora intento reconstruir.
Y es en esos pasillos que hay tras la puerta que jamás abrí antes, donde te enseño todas esas fotografías de mis antepasados. Uno de ellos, muy jovencito y muy alto, sale varias veces, con un camisón largo, en algo similar a un hospital. En una de ellas reconozco a mi padre, pero con la espalda más ancha, y algunos matices que lo hacen diferente. Descubrimos así que es mi abuelo, herido de un accidente laboral que jamás pudo denunciar, y del cual quedó cojo toda la vida.
Eran las fotos que mi bisabuela, con todo su amor, podía guardar de sus hijos y seres queridos. Y al lado de esas fotos, cartas. Estremecedores mensajes que otro hijo suyo le mandaba, expresándole su amor máximo, desde las rejas donde lo mantenían encerrado. Turbias historias de familia, que han permanecido en secreto y en tabú, y que ahora estoy descubriendo. Tiempos difíciles para mis antepasados, envueltos en esas tinieblas que acompañan todas las historias que transcurren en tiempos de hambre, cercanos a una guerra, y en un pueblo donde el tiempo viaja de una manera diferente. Raíces extrañas. Al lado de todos esos emocionantes tesoros, libretas donde mis antepasados debían sellar cada temporada sus pertenencias: un cerdo, y una mula. Siempre lo mismo. Y con el tiempo, alguna gallina.
Miremos en ese otro cajón. Trajes y chaquetas, algunas telas. Cinturón y escudo con símbolos que esperemos que no vuelvan jamás. Y, en medio de todo eso, un pequeño cuaderno. Ábrelo, sí, Anlurina. Es difícil comprender esa letra. Es extraña. Algunos números. Algunas sumas, algunas fechas. Palabras. Todo en un perfecto desorden. Una fecha. Unas palabras. “Me voy”. Un escalofrío me recorre toda mi espalda. El desorden era normal, la mala letra era también comprensible. En tus manos, Anlurina, tienes el diario que escribió, tras las rejas, quizás sesenta años atrás, el hermano de mi abuelo, el hijo de esa mujer que guardó todos sus recuerdos en ese arcón, en sus grandes cajones de madera. Hombre de final trágico, según indagué más tarde, pues el tren lo atropelló.
Seguimos por el largo pasillo de mis ancestros, y encontramos otro arcón de madera, de grandes cajones, repletos de cosas singulares. Este no esconde los secretos, infinitamente cargados de emoción, que el otro guardaba. Pero sí que podremos encontrar muchas cosas divertidas en él. En primer lugar, ábrelo y te sorprenderá ver cuantos vestidos de payés (que serían el análogo a vuestro huertano murciano) a medio hacer hay. Siguiendo ese hilo descubrí que era, mi bisabuela, una artista de la máquina de coser. Era su trabajo, y su pasión. Y eso que tenemos en las manos, queridísimo amigo, no es para un disfraz de payesa, sino todo lo contrario: son los vestidos que antaño llevaba la gente.
Y el cinexín de primera generación, sencillo sencillísimo, con unos 40 carretes de películas. Y los dientes de oro de algún bisabuelo o tatarabuelo. Y las medicinas que sobraron de alguna enfermedad. Y una caja con unos 50 ceniceros, todos iguales, para estrenar (ahora que ya nadie fuma!). Y unas 8 placas de matrícula de bicicleta. Y tantas cosas!
Un paseo por mi historia, hilarante en algunas ocasiones, triste a veces. Debemos salir, pues el blogmóvil nos espera. Aunque… quién sabe? Puede que algún otro día abramos de nuevo la puerta de ese pasado, para encontrar mil cosas más que componen una historia que desconocía, y que, además, es mi historia.









