jueves, 20 de diciembre de 2007

Mis orígenes

Tripotrapos. Pues con ese ronroneo característico, deja que te conduzca hasta el mundo que estoy descubriendo. Esta parada será, ya verás, un retroceso en el tiempo, un viaje desde el momento actual hasta 3 generaciones antes de la mía. Con caras sobre papel fotográfico antiguo, con nombres y apellidos estampados en algunos sobres con caligrafía de principios de siglo pasado.
Acompáñame, Anlurina, y sígannos, amados lectores de este emocionante blogmóvil, y deja que te abra la puerta del pasado de mi familia, en el que últimamente estoy husmeando, y, de alguna manera, reviviendo.
Es extraño cómo, una puerta que siempre había estado ahí, y mil veces había tocado su pomo, jamás la hubiera atravesado. Y más extraño es que, justo cuando ya no hay nadie que pueda aclararme los interrogantes que tras ella se plantean, es cuando yo me decida a atravesarla y perderme en sus interminables pasillos. En esos pasillos en los que desde principios de siglo se han ido guardando pequeños detalles que ahora intento reconstruir.
Y es en esos pasillos que hay tras la puerta que jamás abrí antes, donde te enseño todas esas fotografías de mis antepasados. Uno de ellos, muy jovencito y muy alto, sale varias veces, con un camisón largo, en algo similar a un hospital. En una de ellas reconozco a mi padre, pero con la espalda más ancha, y algunos matices que lo hacen diferente. Descubrimos así que es mi abuelo, herido de un accidente laboral que jamás pudo denunciar, y del cual quedó cojo toda la vida.
Eran las fotos que mi bisabuela, con todo su amor, podía guardar de sus hijos y seres queridos. Y al lado de esas fotos, cartas. Estremecedores mensajes que otro hijo suyo le mandaba, expresándole su amor máximo, desde las rejas donde lo mantenían encerrado. Turbias historias de familia, que han permanecido en secreto y en tabú, y que ahora estoy descubriendo. Tiempos difíciles para mis antepasados, envueltos en esas tinieblas que acompañan todas las historias que transcurren en tiempos de hambre, cercanos a una guerra, y en un pueblo donde el tiempo viaja de una manera diferente. Raíces extrañas. Al lado de todos esos emocionantes tesoros, libretas donde mis antepasados debían sellar cada temporada sus pertenencias: un cerdo, y una mula. Siempre lo mismo. Y con el tiempo, alguna gallina.
Miremos en ese otro cajón. Trajes y chaquetas, algunas telas. Cinturón y escudo con símbolos que esperemos que no vuelvan jamás. Y, en medio de todo eso, un pequeño cuaderno. Ábrelo, sí, Anlurina. Es difícil comprender esa letra. Es extraña. Algunos números. Algunas sumas, algunas fechas. Palabras. Todo en un perfecto desorden. Una fecha. Unas palabras. “Me voy”. Un escalofrío me recorre toda mi espalda. El desorden era normal, la mala letra era también comprensible. En tus manos, Anlurina, tienes el diario que escribió, tras las rejas, quizás sesenta años atrás, el hermano de mi abuelo, el hijo de esa mujer que guardó todos sus recuerdos en ese arcón, en sus grandes cajones de madera. Hombre de final trágico, según indagué más tarde, pues el tren lo atropelló.
Seguimos por el largo pasillo de mis ancestros, y encontramos otro arcón de madera, de grandes cajones, repletos de cosas singulares. Este no esconde los secretos, infinitamente cargados de emoción, que el otro guardaba. Pero sí que podremos encontrar muchas cosas divertidas en él. En primer lugar, ábrelo y te sorprenderá ver cuantos vestidos de payés (que serían el análogo a vuestro huertano murciano) a medio hacer hay. Siguiendo ese hilo descubrí que era, mi bisabuela, una artista de la máquina de coser. Era su trabajo, y su pasión. Y eso que tenemos en las manos, queridísimo amigo, no es para un disfraz de payesa, sino todo lo contrario: son los vestidos que antaño llevaba la gente.
Y el cinexín de primera generación, sencillo sencillísimo, con unos 40 carretes de películas. Y los dientes de oro de algún bisabuelo o tatarabuelo. Y las medicinas que sobraron de alguna enfermedad. Y una caja con unos 50 ceniceros, todos iguales, para estrenar (ahora que ya nadie fuma!). Y unas 8 placas de matrícula de bicicleta. Y tantas cosas!
Un paseo por mi historia, hilarante en algunas ocasiones, triste a veces. Debemos salir, pues el blogmóvil nos espera. Aunque… quién sabe? Puede que algún otro día abramos de nuevo la puerta de ese pasado, para encontrar mil cosas más que componen una historia que desconocía, y que, además, es mi historia.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Otro pasito más. De vuelta a la normalidad.

Abrazar las palabras de nuevo. Que placer que supone volver de este letargo que me han sumido mis obligaciones laborales. Mis obligaciones... Pesa bastante llevar una palabra así a la espalda, ¿saben? Ciertamente, las obligaciones no existen si nos empeñamos en que están ahí porque algún ente humano o sobrehumano las puso en ese lugar. Está bien, al parecer, todos nosotros estamos obligados a comer, a dormir, a respirar... Pero, ¿saben qué? Recuerdo un relato de Kafka en el que un personaje, un tanto peculiar, hablaba del magnífico arte de la inanición. Éste era su trabajo, demostrar al mundo cómo era capaz de aguantar semanas, e incluso meses, sin probar un sólo bocado. Al parecer, las obligaciones están muy relacionadas con la muerte. O lo que es lo mismo, necesitamos una serie de requisitos para vivir. Ya está, ya introduje otra palabra mastodóntica. Tan paradójica. En realidad, es fácil vivir en la actualidad. Lo que supone una dificultad extrema, como ustedes ya sabrán, es VIVIR BIEN. Quizás, el proyecto que más tiempo ha dedicado el hombre durante la historia. Ahora la sociedad lo llama Estado del Bienestar. No, no, no entraré en este concepto, ya tengo suficiente con las palabras obligaciones y vivir. Por cierto, ahora que están juntas en la misma frase, ¿es una obligación vivir? Pregunta de difícil respuesta. Pero, y si la desdoblamos en dos preguntas, ¿es lícito que me obliguen a vivir? | ¿Es una obligación personal vivir... bien? Ummh, que gracioso es este juego...
Vaya, un gato sobre mi cabeza! Es cierto, me estoy enrollando demasiado, pero es que hacía tanto tiempo que no disfrutaba de este momento... En este tren, recostado en uno de sus sillones, pegado a la ventana que nos separa de ese paisaje en movimiento. Trac, trac... trac, trac... Hasta que el gato me hizo recordar que tengo pendientes demasiadas paradas. Finjo estar preparado para la siguiente parada, asiento con la cabeza, moviendo al gato hacia delante y atrás, pero en realidad he estado tan concentrado en mis "obligaciones laborales" que cualquier cosa de interés que pueda decir se refiere a la actualidad más burda y pasajera. Así, hago un repaso mental para encontrar algo más llamativo, antes de que las uñas de este gato detestivesco lo hagan por mí. De política prefiero que no, desearía que los políticos hubiesen tenido el valor de hacer un debate sobre la idiosincrasia del aborto, y la aplicación del actual canon digital es la mayor mezquindad inventada por la "industria de la cultura", pero prefiero obviarlos cuando caigo en lo insustanciales que resultan sus conclusiones. Unos seguirán siendo... políticos, los otros están condenados a la ruina en favor de la autogestión de cada artista. Gracias internet. Por cierto, tremendo el nuevo disco de Radiohead. Personalmente, me da exactamente igual que lo hayan colgado en su página, como si quieren regalarlo por correo. Cuanta estupidez acumulada.
- ¿Y la tuya?
- ¿La mía? Bien gracias. Voy recuperándome. Oye, ¿cuándo te decidirás a bajarte de mi cabeza?
- Bueno, eza ezzz una buena pregunta. Seguramente, ezperaremozz a la siguiente parada. Confiemozz en el retorno de tu lucidezz. Puezz de lo contrario nozz ezperan unaz navidadezzzz muy largazzzz.
- ¿Juntos los dos?
- Exacto. Ezzz una obligación.

martes, 30 de octubre de 2007

Una parada en Es Miramé

Tripotrapos. Desde la ventana del blog móvil, veo campos de almendros, pinares, alguna playa de fina arena. Un débil maullido sale de mi interior, al aceptar que este paraje me es un tanto familiar. Ves como para nuestro tren, Anlurina? ¿Ves donde para? Es en este mismo sitio donde hace tiempo te estoy contando que tengo depositadas mis ilusiones, mis emociones, es donde reside mi imaginación y mi magia.

¿Saltas del tren, Anlurina? Vamos, así, acompáñame en esa nueva exploración. Aquí están tus botas, aquí las mías. Esto que miras es el regla que utilizamos para medir la distancia entre las plantitas. Sólo de esta manera nos queda el suelo tan bien dividido. Y esto que estás oliendo son las primeras plantas aromáticas que sembramos. Son para atraer las abejitas y otros insectos beneficiosos para nuestras hortalizas. Ei! ¡Esta cerveza no es para ti! ¡Es el remedio ecológico contra las babosas!

Túmbate aquí, Anlurina. Alrededor de los bancales. Mira que mullido y cálido que es: lo he hecho con balas de paja. De esta manera no nacerán tantos hierbajos, porque el sol no puede ayudarles a nacer. Además, conserva la tierra la humedad, y las lombrices de tierra, mis aliadas, vivirán mucho más felices.

¡Mira! ¡Allí mismo! ¡Una lombriz! ¡Sigámosla!

¿Dónde estamos? En el fondo de la tierra. Por aquí ya paseamos una vez, y nos perdimos, recuerdas Anlurina? Encontramos muchos seres muy interesantes, y fenómenos extraños ocurrían por doquier. Esta vez creo que será diferente. Simplemente…

¿Ui qué es eso? ¿El blogmóvil bajo la tierra? ¿Tendrá parada aquí? ¿Nos recogerá?

Cambiémonos de ropa, y pongámonos la de paseo, deja aquí tus botas, que el viaje continúa.

jueves, 4 de octubre de 2007

Recomendaciones para explorar la superficie.

Anlurina. Tras mis excelsas vacaciones, tras mis investigaciones extranjeras, tras mis estancias formativas lejos de mi ciudad de residencia, me dispongo a retomar mis publicaciones banales en este sencillo blog, para el disfrute de Tripotrapos y Anlurina y, por supuesto, de todos aquellos ávidos curiosos que se hayan ido sumando a nuestros pedazos de ideas e historias cotidianos. Después de que Tripotrapos no haya dejado de hacer paradas durante todo este tiempo, manteniendo en vida el curso de este tren aventurero, ahora es mi turno. Sí, sí, esta es la parada. Los frenos chirrían y el tren se va deteniendo lentamente. Se abren las puertas de los vagones y, al poner los pies, o las patas, en tierra nos damos cuenta de que nos encontramos delante de un cine. Hoy estrenan una obra francesa, traducida al español con el significativo título de conversaciones con mi jardinero. Esta es una película perfecta para aquel que quiera descubrir cómo explorar a lo la largo de la superficie, obviando las viscerales profundidades o las etéreas ascensiones.
Esquivando introducirme en análisis o críticas acerca de los distintos aspectos de la película, amplio mi vista hasta encontrar aquel pequeño agujero por donde mirar, ese que todos al final acabamos encontrando de alguna u otra forma. A través de ese agujero nos vemos a nosotros mismos, reflexionando sobre aquello que nos llamó la atención, que nos emocionó o que, tal vez, nos abrió una puerta que jamás habíamos visto. Pues bien, miro por ese agujerito, y encuentro toda una superficie por recorrer. Allí está, y es gracias a los dos personajes de la película. Tan antagónicos, pero a la vez tan atrayentes entre sí.
Uno, tan elevado en su posición de ideas abstractas, tan bien definidas por aquello que pinta en sus cuadros. Todo un platónico en cuestión. Y el otro, inmerso en las profundidades, como las raíces de todas las plantas, árboles y arbustos que cuida con tanto esmero. Tan presocrático abriendo cavernas. Sin embargo, lo más deslumbrante de esta visita, a través de aquel pequeño agujero que encontré, es lo que les une a ambos personajes. La superficie. Y al colisionar, en el límite entre ambos, sus conocimientos se esparcen y comienzan sus juegos de aprendizaje. Por supuesto, a lo largo de la superficie. Es cierto, el director disfruta con el enfoque del protagonista, el que procede de las alturas, de la gran ciudad parisina, pues es el enfoque por el que el espectador debe entrar en la película. Mientras, su antagonista, el que procede de las profundidades, necesitará llegar antes a la superficie que el primero, para mostrárnosla a nosotros (a través del sec, por ejemplo). Es tan sólo un truco cinematográfico que, con mayor o menor acierto, me niego a juzgar o criticar. Creo en la importancia de las singularidades, de las anécdotas azarosas que nos expanden en la superficie. Y por eso, estimo con tanto agrado esta película, pues muestra de una forma sencilla y divertida (el humor es otra estupenda arma para abrirse hacia la superficie) el placer que produce encontrarse con este tipo de singularidades.
Me alejo de este agujero en el que, una y otra vez, me quedo embobado mirando fijamente las lúcidas conversaciones de estos dos personajes. Y te miro Tripotrapos, que estás ronroneando por el suelo, para recomendarte encarecidamente que degustes esta película, y busques en ella más allá del personaje que procede de las profundidades, pues estoy seguro de que te quedarás prendada con su idiosincrasia. Antes de subir a este tren, miro una vez más el cartel de la película que en breve proyectarán, y sonrío al pensar que gracias a Deleuze pude definir todo aquello que tan sólo distinguía entre la niebla de aquél al que le faltan las palabras oportunas. El tren retoma su incesante traqueteo. De nuevo en marcha, de nuevo.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Colores cálidos, oscuros, marrones, rojos, amarillos.

Tripotrapos. Y, ¿será cierto? ¿Llegamos ya a la parada número 18? Bueno, pues en esta me tengo que bajar, miauu. Anlurina me sigue, silbando alguna canción que yo no conozco, pero que suena muy bien.

La parada número 18 es aquella de colores cálidos, oscuros, marrones, rojos, amarillos. Los colores del otoño. Las hojas de los árboles caducos que empiezan a hacer su mutación anual, tiñendo todos los bosques de multitud de colores, contrastando con las hojas de los árboles perennifolios. Los primeros frutos del otoño empiezan a formarse, cediendo al mundo su color rojizo característico, y dulce sabor al paladar.

La parada 18 es esa primera parada del mes de octubre, donde los días son más cortos, e invitan a saborear de nuevo el hogar, después del verano de tardes y noches disfrutando de las calles y las playas. Y en el hogar encuentras la introspección, te encuentras contigo mismo, con el ronroneo de tu vida.

Y es en esta parada, la número 18, la del otoño, donde las aulas se llenan de gente. De vida o de aburrimiento, dependiendo del arte que tenga el profesor.

Y es en esta parada, la número 18, la del otoño, en la que empiezan a verse rastros de pisadas en las laderas de las montañas, y las playas empiezan a vaciarse.

Y es en esta parada en la que, Anlurina y yo, nos sentamos sobre una enorme hoja de madroño, que nos paseará, cual si fuera alfombra voladora de las mil y una noches, sobre todos estos fantásticos acontecimientos. En nuestra mente, no existirán palabras, ni pensamientos que nos aturdan. Simplemente fascinación ante la maravilla del mundo que renace, en esta primavera de invierno.

Llegó la hora, el viaje tiene que continuar.

domingo, 23 de septiembre de 2007

jugadores

Tripotrapos. Una suave brisa empuja nuestro tren hacia nuevos horizontes. Anlurina juega con sus últimos cambios, con sus nuevas responsabilidades, y con su renovada originalidad. De esta originalidad salen hermosas princesas, caminos fantásticos y mágicos que conducen a… quien sabe?

Yo paso el tiempo mirando a través de los cristales, y observando. Y rumiando los cambios. Tres años llevamos en el juego eterno. Empezó, el juego, solo. El mismo juego fue quien atrapó a los dos bañistas, que apenas se conocían, pero que el azar había colocado, uno junto a otro, en esa arena blanca de esa playa minúscula, en aquella isla mediterránea. Y el juego fue quien les creó a esa Anlu, aquella que nació ese mismo día, hija de un dios y una bella mujer. Y fue esa mismísima Anlu la que no deja que el juego termine. La que sedujo, con palabras, los dos bañistas, y los unió, ya en ese juego indestructible.

Y Anlu cambió, mutó, pasó por Mariluna, Anlurina,… Grandes historias, que permanecerán para siempre marcadas en el recuerdo de esos dos bañistas, han ocurrido desde ese día. Viajes hasta lugares aún por conocer, visitas a grandes personajes, magia por doquier. El juego ha ido variando día tras día, y año tras año, tal cual han ido cambiando los dos jugadores, que un día fueron bañistas. Un juego que va ampliando sus horizontes, que llega de cada vez a más gente. Un juego magnético que hechiza a quien empieza a leerlo. ¿Quien gana? ¿Quien pierde? … Lo que empezó con dos grandes ganadores, ha cambiado, y ya sólo quedan dos grandes jugadores, amigos irremplazables, dos magos hipnotizados por las letras y las palabras.

Y a través de los cristales veo los fragmentos de quienes fuimos, alguna vez, los dos bañistas. Fragmentos felices, pero de algo que ya pasó. Fragmentos amargos, pero de algo que ya pasó. Fragmentos que han tenido que existir, para poder dar paso a lo que existe ahora.

Una lágrima aparece sobre mis largos bigotes. La conozco, y la saludo. Y me despido de ella. Adiós, gran amiga, sé que me visitarás cuando te necesite.

Me levanto suavemente y paseo por el tren. Algunas de las personas me acarician el lomo mientras yo ronroneo. Cada cual con sus horizontes, cada cual con sus sueños,… Me acerco hasta donde juega Anlurina y le guiño un ojo, a lo que me responde con una sonrisa de complicidad.


lunes, 10 de septiembre de 2007

viajes

Tripotrapos. El blogmóvil nos conduce hacia el otoño, pronto llegará ese aire menos caluroso, las noches más largas, y los días más cortos.

Por ahí alguien habla de los viajes que ha realizado en el transcurso de este verano. Puedo mencionar una escapada a la blanca y, siempre, atemporal Formentera. Solamente una visita, corta, muy corta, a esa isla; una noche guiada por gente nacida en ese lugar. ¡Pero eso no es viajar! No, tienes razón. El blogmóvil para ante estas aguas turquesas y, al sumergirme en ellas, la reflexión llega sola. La frase, clara, concisa, concreta, viene con la reflexión: “tengo ganas de estar en casa”. Me sorprende esta frase, que llega hasta mí, casi asustándome. Pero la acepto y la comprendo. Y comprendo la palabra casa, no como unas paredes y un techo, sino como sinónimo de la palabra hogar. Así pues el verano entero se ha convertido en un viaje hasta mi propio hogar.

Y en ese viaje veraniego tan especial no me he encontrado, como creía años antes, con una estúpida TV y un microondas, sino con un mundo al que, sin saberlo, deseaban mis genes volver. Abandonados, desde años ha, los campos de cultivo y los viejos árboles, me han sonreído al verme llegar, reconociéndome como hija, como nieta, como bisnieta, de todos aquellos que tan bien los cuidaron. Y sin ningún rencor hacia mi, hasta ahora, indiferencia, me han regalado sus frutos, deliciosos. Y en ese extraño viaje he hecho un pacto con esta tierra fértil: yo la cuido, ella me cuida. En el momento del pacto, noto una vibración bajo mis pies. No hay nada bajo ellos, sólo unas raíces ancestrales que crecen y se alimentan de mi ilusión nueva, o mejor, renovada.

jueves, 23 de agosto de 2007

Una nueva forma de jugar.

Anlurina. El estío se recoge en sí mismo. Cae en el mar como caía el Sol en las playas de Cádiz. Y dentro del mar, de cualquiera de los mares que se asientan en este mundo. En el fondo de él, reflexiono acerca del juego. Continúo en la búsqueda de un libro que recoja la historia del juego a lo largo de la Humanidad. Pero ese es otro cantar. De momento, Deleuze me habla sobre el juego. Y con él, me habla de un autor sorprendente. Lewis Carroll se ha podido considerar erróneamente como un autor de cuentos y fábulas para niños. Pero no es cierto, es un jugador empedernido. De este modo, apoyándose en el autor de Alicia, Deleuze nos muestra una forma distinta de jugar. Aquella en la que todo es modificado por el azar, en la que siempre nadie pierde cuando juega. Ni gana. Reglas que van modificándose en cada tirada, que estipulan lo que le conviene en cada momento. Porque ahí reside la clave. En el momento. En la anulación del acontecimiento como aquello que ocurrió y que ha de ocurrir. En su lugar, presentar al presente de forma infinitesimal, que se pierda en el pasado y futuro, de modo que se llega a la eternidad con la partición en infinitos pedazos del presente. Son dos formas de mirar al tiempo. Y ambas modifican totalmente la manera de jugar. Como dice Deleuze, ya no se busca la dualidad causa-efecto, sino que se detiene en dualidades como morirse de hambre-niño que nace de las palabras para encontrar el presente. Ciertamente, Carroll nos enseña a jugar en sus libros de una forma más clarividente que lo que lo intentan mis torpes palabras. Sigo sentado en el fondo de este mar común, reflexionando sobre lo que Deleuze me explica, intentando relacionarlo con mi vida, con mis pensamientos, con mi naturaleza. Y es que yo, amante del caos, impertérrito ilusionista de realidades ficticias, llevo tiempo jugando, inmerso en el azar, tirando los dados que marcan las reglas con las que he de diseccionar la realidad. Pero no hace mucho encontré un gran juego, querido lector. Un juego que identifico plenamente con los conceptos presentados por Deleuze. Y es que amar es un juego. Un juego en el que cualquier movimiento está marcado por los dados. Un juego que se ramifica sucesivamente en otros subjuegos que, a su vez, se vuelven a ramificar. Es cierto, hablar de amor parece siempre petulante y ñoño, un producto manufacturado para novelas y películas de palomitas. Así que utilizaré otra palabra para describirlo: duozar, una sencilla mezcla entre dos personas y el azar (disección de una acción, del presente, en este caso del amamiento). Pues bien, duozar supone encontrar eternidades en cada pedazo infinitesimal de presente, en cada disgregación que se pierde hacia delante y atrás. Sin reglas presupuestas, tanto por crear, nada por perder. Y en medio. En medio siempre queda la sonrisa de saber que se juega a caballo ganador. Ya no queda oxígeno en mis pulmones. He de subir a la superficie para recuperar el tren que dejé estacionado. El viaje continúa.

lunes, 20 de agosto de 2007

paramos el tiempo en llucalcari?

Tripotrapos. Perdida la cuenta ya del número de paradas de este blog-móvil, debemos hacer un alto en el camino. Debemos abrir la vieja puerta de madera que tenemos ante nosotros, y bajar los tres peldaños, o cuatro, que nos separan del suelo.

Debemos, luego, levantar la vista, y observar el camino que empieza bajo nuestros pies, para después seguirlo, y adentrarnos en ese pequeño bosque, y que nos unirá con el mar.

Llucalcari. Piedras de cantos rodados, barro, arcilla, el mar, la fuente cargada de agua, todavía, agua procedente de las abundantes lluvias que nos cedió la primavera, lejana ya.

Un pinar; tenazas de tierra, plana, contenida gracias a las “marjades” de pared seca que alguien en la antigüedad construyó sabiamente.

Y en una de esas tenazas, un grupo de personas, unidas en un encuentro espontáneo aunque organizado, realizando talleres espontáneos, han hecho de ese paraje su hogar por un fin de semana.

Mientras la brisa del mar los acariciaba levemente, desde el piso inferior, el sol los mimaba al entrar por los espacios que dejaban las hojas de los viejos pinos.

Y ahí, en medio de ese bello rincón, talleres varios de pachorra, de contact, de clown, nuevos instrumentos musicales de otra galaxia amenizando una velada extraña, el sol se despide con sus cálidos rayos que se reflejan en el mar, la luna abraza ya los bailes espontáneos…

Las estrellas brillan, fuera de la tela que nos protege de los mosquitos. Las constelaciones nos guiñan el ojo para anunciarnos que el tiempo paró, ese fin de semana. Que con el primer rayo de sol nos remojaremos en el barro y nos bañaremos en la fuente de agua fría, que sale de las entrañas de la montaña.

Que los talleres de cuentos, de historias nómadas, de risas, de bailes, que todo eso va a continuar eternamente. En Llucalcari. En nuestra memoria. Para siempre.

Un fin de semana en el que el tiempo paró.

martes, 24 de julio de 2007

VIAJES PARALELOS EXPERIMENTALES.

Anlurina. Dentro de este tren internáutico mi personalidad se desglosa en diversos espectros que se incorporan a otros trenes de rumbos ya conocidos. Son mis viajes vacacionales. Los que ya he hecho, los que haré. Y en cada destino olvido pedazos de mi. Me centro en uno de esos pedazos. Alojado en Berlín, en un pequeño piso del barrio turco en donde vive un amigo común. Berlín respira un aire distinto a los conocidos por mí hasta entonces. Se respiran historias. Historias comunes, por todos ya conocidas, pues residen incluso en los libros de historia de bachillerato. Historias personales, más especiales que las anteriores, de los berlineses que deambulan por esas calles. Todos pueden decir algo. Esas historias están escritas en sus rostros. Pero las palabras no aparecen porque ya no hace falta hablar más. Ahora tan solo, caminar sin barreras. Y dejar las palabras en el recuerdo que, aunque de vez en cuando se le pueda quitar el polvo, como cuando una historia ancestral es descubierta, permanece en el interior más oscuro. Desde la nostalgia. Desde lo que nunca más debe suceder. Pero en sus caras aún permanece la madurez que confieren las experiencias tormentosas. Creemos que la memoria de pez prevalece, pero no es cierto. Por lo menos no del todo. Los edificios de mayor antigüedad se pueden contar con la palma de una mano. Por eso recobran más importancia en esta ciudad, porque expresan simbólicamente lo que ya no existe. Además, los nuevos edificios, algunos tan impresionantes, ya pueden considerarse históricos, pues han vivido experiencias decisivas para la humanidad durante este último siglo. Pero claramente el monumento más emblemático, el más impresionante y descorazonador es aquel que ya no existe. O existe a retazos. Y justamente por ello se celebra. Su aniquilación, su inexistencia. Es el muro. Y al tocar sus paredes, algunas de las pocas que quedan en pie, al acercar el oído a su piedra, pude sentir el sufrimiento de las preguntas sin respuesta, de la sinrazón de la humanidad, del silencio del resto del mundo. Sin embargo, este tren se aleja de los monumentos e historias pasadas para adentrarse en el presente. En las gentes que renuevan constantemente la ciudad, que la hacen vibrar, desmantelando sus cimientos para construir nuevas experiencias. Todo se reconvierte en Berlín, todo cambia. Sin embargo, este tren permanecerá apenas varios días detenido en esta urbe; demasiado poco tiempo como apreciar el devenir de Berlín. Tan sólo podemos tomar instantáneas de su presente, y desear que un nuevo tren de experiencias paralelas recoja alguno de nuestros pedazos y los deposite allí. En Berlín.

domingo, 8 de julio de 2007

reflexión gatuna al amanecer de julio

Tripotrapos. El blog-móvil avanza despacio. Se para, alguna vez. Una ojeada gatuna se desplaza sobre los demás pasajeros, todos dormidos. Es el momento de la reflexión, también para mí. Mientras un ronroneo sale de mi interior, en la cabeza me rondan las palabras tranquilidad, felicidad, alegría, diversión, tristeza, alegría, tristeza, …

¿Cómo sabe uno que está triste? ¿Cómo sabe uno que está alegre? ¿Por qué esta tendencia a clasificar? ¿A clasificar los sentimientos? ¿A clasificar las emociones?

La vida (o las diferentes vidas, en el caso tripotraporesco) se compone de demasiadas cosas para que TODAS vayan bien, o para que TODAS vayan mal.

Las depresiones. La enfermedad de nuestros días: obsesión por uno de los aspectos de la vida. Nada más. Obsesión, pero no tristeza. Pero no amargura. Obsesión.

Trastornos mentales. Otra enfermedad de nuestros días. Fugitivos. Escapistas mentales de alguno de los aspectos de la vida. Pero no tristeza, pero no amargura. Fugitivos.

Uno de los pasajeros, un señor muy mayor, de barba blanca, habla en sueños. Dice algo relacionado. Algo así como que la vida, que él la conoce muy bien, debido a que convive con ella desde hace muchos años, pues la vida te da un pellizco de todas las cosas posibles. En principio, no tienen por qué ser buenas ni malas. Nosotros tenemos que jugar con ellas. Ahí se ve nuestro nivel como jugadores.

El señor de barba blanca se despereza, abre los ojos, y sonríe. Parece que ha tenido un sueño agradable. Enseguida los demás pasajeros van entreabriendo sus párpados, y la luz del día pasa a través de ellos, dejándoles ver el mundo de colores, formas y texturas que nos envuelve a todos cada mañana. Una sonrisa general y un murmuro de voces, pequeñas, todavía, van llenando la sala.

Anlurina se despierta también, a mi lado. Me acaricia el lomo y nota el ronroneo. Me coloca en su regazo, donde un plácido sueño va a acompañarme hasta la hora de la comida. Miau.

viernes, 29 de junio de 2007

PARADA DE REFLEXIÓN.

Anlurina. Con la cabeza apoyada en el sillón, los árboles pasan rápido a través de la ventana. De repente, éstos se lentifican hasta detenerse completamente. Veo mi reflejo en el cristal. No nos encontramos en ninguna estación. Y a pesar de todo continuamos detenidos. Todos los que viajamos en este tren nos desperezamos y curioseamos por las ventanas con el objetivo de encontrar las causas de esta nueva parada. Allá a lo lejos, desde la sala de máquinas del tren, aparece un señor vestido con un mono repleto de manchas de carbón y aceite. "Es el Maquinista", me susurran al oído. Mientras camina se limpia su cara, oscurecida por el polvo del carbón, con un viejo pañuelo de seda gris. Lentamente, se dirige a una pequeña roca blanquecina, que se encuentra aproximadamente delante de la mediatriz del tren. La escala de manera tan torpe que algunos viajeros no pueden resistir soltar una carcajada. El tren expectante. El maquinista, sonriente, nos mira a todos. Comienza su función.

- Basta una sola persona sin alegría para infectar toda una casa y para oscurecer el ambiente. ¡Y se necesita un milagro por lo menos para que no haya siempre una persona así! - La felicidad no es una enfermedad tan contagiosa - ¿Por qué será? (F. Nietzsche. La Gaya Ciencia, aforismo nº239). Ahora, señores míos, reflexionen hasta que las máquinas se pongan en marcha y reanudemos las aventuras de este blog.

Con la misma torpeza con la que el maquinista había subido, se baja de la roca blanquecina y se encamina con aire risueño de vuelta a la sala de máquinas del tren. Todos volvemos a nuestros asientos. Exhaustos de no hacer nada. Tan solo mirar. Y escuchar. Vuelvo a comprobar mi reflejo en la ventana. Sigo aquí. ¿Nietzsche opina que la responsabilidad de no ser infeliz es incluso mayor que la de ser feliz? La infelicidad del individuo no sólo concierne a éste, sino también a los individuos que se encuentran en sus inmediaciones. Y sin embargo, seguimos siendo tan irresponsables... Es gracioso argumentar, "si no lo haces por ti, por lo menos hazlo por aquellos que conviven contigo". La felicidad de Nietzsche es una responsabilidad personal. La infelicidad es una responsabilidad social. La magia del individuo. El tren empieza a moverse. Todos los ocupantes comienzan a despertar de su reflexión. Los árboles vuelven a pasar veloces. La próxima parada es tuya, Tripotrapos.

miércoles, 20 de junio de 2007

Un Mundo.


Anlurina. Tras admirar este maravilloso cuadro de Ángeles Santos, colgado en una de las paredes del Reina Sofía, elevo este tren hasta el espacio, para comprobar si es cierto, si nuestro mundo posee la melancolía que destila la pintura, para encontrar las aristas que realizamos en nuestro planeta con el fin de encuadrar un mundo que originariamente era esférico. Y sin embargo, es cierto. Sentado, en aquella piedra plana, observo pensativamente como las diversas ninfas, antes de encenderlas con la luz del Sol, van colocando las estrellas convenientemente en el lugar que corresponde.
- Fíjate en aquella gente de ahí abajo.
- ¿Quienes?
- En los que están jugando.
Acerco mi mirada hasta aquella ciudad polvorienta, oculta por las nubes de contaminación que la asolan. Y sin embargo, juegan.
- ¿Crees que son felices?
- Son como este mundo. Con aristas.
Ángeles Santos pintó este cuadro en 1928 cuando tenía apenas 18 años. Un mundo en el que el tiempo no parece tener importancia, que rememora al mundo visitado por El Principito, pero más sombrío, más alejado de ese verde que colorea la naturaleza, en definitiva, más cercano al nuestro. Y sin embargo, juegan. No podemos despegar la mirada del cuadro. Ella. Agarra más fuerte mi mano y apoya su cabeza en mi hombro. Parece una actitud cansada, pero ella lo utiliza para concentrarse más en el cuadro, como si me pidiera que guardase su cuerpo para poder dedicarse plenamente al cuadro, y volar hasta dentro de él.
- ¿Me dejas?
- Adelante. Está a buen recaudo.
¿Cuántas cosas pueden ser representadas por un mundo? Un país, una ciudad, una familia, una pareja, un individuo. Quizá, este mundo, en varios aspectos, los represente a todos. Tan artesanal, parece a primera vista una pequeña obra de arte (un artefacto...) expuesta en un museo espacial. Pero no es cierto. Ese mundo, al igual que los países, ciudades, casas, familias, parejas e individuos, están sumergidos en un incesante devenir bidireccional que, como dice Deleuze, disuelve cualquier designación realizada por nombres o adjetivos. Una dilución mágica en donde lo único que queda es la acción, que huye del presente, que se refugia en el pasado y el futuro, que viene y que va. Como ella, sumergida en el cuadro, sin parar de dar vueltas alrededor del mundo al son de la música ejecutada por la efigie de cuello estilizado, descubriendo cada uno de los recovecos que se esconden en las aristas de este mundo, con sus callejones sin salida, tan oscuros, tan sórdidos, pero con esas bellas avenidas, tan diáfanas y deslumbrantes. Y a pesar de todo, no se cansa de seguir dando vueltas alrededor de ese mundo, representación ideal de países, ciudades, familias, parejas y, como no, individuos.

En esta ocasión, en la que ascendí hasta el espacio con el tren-blog, quiero dedicar esta parada a Ella. Porque siempre merece la pena continuar descubriendo mundos, a pesar de sus aristas y vértices, para ver más allá de lo estacionario, de lo que se expone en el museo, y acercar la mirada a aquella gente que juega en su interior. ¿Crees que son felices, pues?

noches de verano en una ciudad

Tripotrapos. Se cierran las puertas del blogmóvil, y éste empieza a rodar; ahora sale de su abismo y podemos ver los paisajes que los grandes ventanales nos ofrecen. “La meta está próxima”, nos dice una intuición. No sabemos cuál es esta meta, y suponemos que seguro que es bella y mágica, previas experiencias nos lo aseguran.

Pero no hablemos de la meta, no. Porque ahora estamos todavía aquí, y miramos a través de ese doble cristal. Es de noche, y vemos algo ahí fuera.

De esa mágica forma que sólo Anlurina y Tripotrapos sabemos hacer, nos convertimos en aire y en un soplido llegamos hasta el lugar en cuestión. Una calle estrecha, muy estrecha. Muy estrecha. El tercer piso. Los dos terceros pisos enfrentados. Casa 10 y casa 11. Enfrentadas en la calle más estrecha del mundo.

En la casa 10, una pareja. La pareja, intenta, ¡por favor!, dormir.

En la casa 11, un hombre y un televisor. En una relación que, cada noche que transcurre, se hace más y más patética.

Un intenso calor casi estival precisa la apertura de las ventanas.

En el piso tercero de la casa 11, el hombre y el televisor. El televisor intenta comunicarse con el hombre, que, una vez más, se ha quedado dormido ante sus interminables anuncios. El televisor, angustiado, quiere moverse, tocar al hombre, comunicarse con él. Pero lo único que puede hacer es aumentar el volumen de su voz.

00:00h. Medianoche.

00:15h. La mujer de la casa 10 se levanta a dar una vuelta por la casa, mientras suspira. Se mete bajo la ducha en un intento de evasión.

00:30h. Una película. Un musical horrible suena en la casa 11. También en la casa 10. El volumen se acentúa. También se acentúa el crispamiento de la casa 10.

00:45h. La pareja se asoma. Unos cuantos pasos, tres, los separa de la sala de estar donde se produce la historia de desamor entre el hombre y el televisor. Pueden verlo perfectamente: el hombre, tumbado en el sofá. El televisor, gritando a pleno pulmón, cantando esas canciones de horrible musical.

- Si gritamos, nos oirá –dice el hombre.

- Mejor una piedra en la ventana –aconseja la mujer.

- Eh! Despierta!

-

Nada. Ni un movimiento.

- Habrá muerto? –dice la mujer.

- No. Está roncando, ¿no lo oyes?

El hombre de la casa 10 se viste, y baja a la calle. Tres pisos. Toca el timbre. Vuelve a subir.

La mujer de la casa 10 se viste, y baja a la calle. Tres pisos. Toca el timbre. Vuelve a subir.

Nada.

Teléfono. Línea. 092. …

- policía?

- Un vecino… ruido…

- Ya vamos.

01:45h. El hombre coge de nuevo el teléfono. 902.

- Ya vamos.

02:00h. Club de lectura en el tercer piso de la casa 10. Los reportajes de El País del domingo pasado. Las cartas de apoyo y sugerencia que le mandan a la nueva alcaldesa socialista de la ciudad. Un libro, al azar, una historia entretenida.

02:20h. Suena el teléfono en la casa diez. Casi no se oye, debido a las repulsivas canciones del musical que nunca termina, y que emite el desesperado televisor enamorado de un hombre que no oye, no ve, sino duerme.

- Hola. Policía. Llamaron ustedes por un accidente de coche?

-

- ¿No? Atenderemos su caso más adelante.

-

02:30h. En la casa 10 empieza la fabricación en serie de aviones de papel. Entre la cortina y la ventana hay espacio, 10 cm.

02:45h. Empieza el despegue de aviones de papel con destino al sofá. Los tres primeros, llegan hasta la mesita. El televisor terminó de incordiar con el musical. Ahora, son anuncios interminables los que resuenan en todas las paredes de los dos pisos terceros.

03:00h. Un avión de papel llega hasta el destino.

Ya hay comunicación con el vecino. Adiós, buenas noches.

- 092… - no vengáis, problema resuelto- gracias por avisar- buenas noches.

miércoles, 13 de junio de 2007

junio

Tripotrapos. Y el curso termina, y mis alumnos se despiden. Regalos, bombones,… Y la reflexión, ahora felina, continúa. Y…

Y es en esta parada, en la quinta, en la que Anlurina queda pensando, con la mirada retrospectiva hacia el lugar que ocupan sus arrugas, y la gente está encendiendo y chupando, lentamente, sus pitillos. El silencio es la nota dominante en esta parada. Un murmullo de cerebros que empiezan a funcionar, primero despacio, luego más acelerados, según la idea tome forma. Una calada al cigarrillo, y el cerebro vuelve al ritmo deseado por el fumador.

Observo el brillo de las minúsculas hogueras que crean mis compañeros de viaje entre sus labios. En mi cerebro sigue resonando el eco de la voz, femenina, amargada, de esa alumna, que rondará los cuarenta años, quizás un poco más. Difícil definir la edad de una persona que ha sido atormentada durante años. Mi marido murió. Lo siento. No lo sientas, yo no lo siento, me alegro, me maltrataba.

Difícil digestión tienen esas palabras que en mi cerebro resuenan, desde hace ya unas horas.

Vivimos en una guerra que empezó, quién sabe cuándo. Y empezó, quizás en una guerra de sexos, y quizás en una guerra por alguna patria, absurdo, y quizás fue una guerra elogiando a alguna deidad, absurdo. Y continuamos luchando, los humanos. Absurdos.

¿Hasta cuándo? Pues supongo que, según lo que predice Baricco, hasta que las personas encontremos la belleza en otra cosa que no sea la guerra, la sangre. Hasta que las personas dejemos de ver el ganar la batalla como la máxima belleza que podamos anhelar.

Algún buscador de belleza encuentro en el camino. Algún artesano, algún artista, algún cronopio, diría Cortázar. Y este buscador de belleza es el que está conduciendo la humanidad hacia una paz, no utópica, sino real.

martes, 12 de junio de 2007

Retrospectiva.

Anlurina. Quién lo diría. Ya en la quinta parada. Esa en la que nadie baja, pero permanecemos durante varios minutos con el tren detenido. Algunos la dedican para salir a fumar un cigarrillo. Yo no. Yo dedico este tiempo a mí mismo. Cierro los ojos, y dejo que el sol pase a través de mis párpados, iluminando una vista que no existe. Es cierto, hoy hace muy buen día. Por eso salen más personas de la cuenta a fumarse el pitillo. Conversan en el exterior, o simplemente se dan pequeños paseos, disfrutando de la buena temperatura que nos brindan estos últimos días de primavera.

Es el momento de utilizar esta palabra. Retrospectiva. Mirarse las manos y comprobar cuántas arrugas nuevas aparecieron desde la última vez. Esos pliegues creados por la experiencia y los sentimientos, tan llenos de información. Exacto, hay que levantar el pliegue de la arruga. Retrospectiva. Los socialistas franceses se tiran de los pelos, aparecen los rencores que escondieron hipócritamente mientras hacían campaña. Mientras, otros más cercanos esconden sus rencores hipócritamente y escenifican una pantomima de acercamiento político, ignorando las arrugas tan marcadas que se han producido en sus rostros durante los meses (que digo meses, serían incluso años) previos a las elecciones municipales. Y ahora. Ahora las palabras se olvidan. Pues la calma está instaurada y todos los gobiernos corruptos han sido conservados. Mientras. Mientras recuerdo el significado de las encuestas. Medidores de arrugas, vamos. Recuerdo aquella que concluye que el cine español es mediocre. Por lo menos para más de la mitad de los españoles (en El País, 12-06-2007, sección de Cultura). Como consecuencia, la pregunta emergente: ¿con esta encuesta se están midiendo las arrugas del cine español o las de los españoles? El fantástico mundo de las encuestas, o como apoyarse en las matemáticas para obtener las conclusiones deseadas. Es un comentario muy frívolo, lo reconozco. Sin embargo, todas estas veleidades pertenecen a los recovecos que dejan mis arrugas, así que permíteme, Tripotrapos, que descubra lo que alguna vez se quedó atrapado.

Hay más cosas que quedaron atrapadas. Sobre todo, por culpa del tiempo. Esto ocurre, quizás, porque valoramos más aquello que no hacemos, que permanece escondido, en estado latente, quizá por falta de tiempo, o de ganas, o qué se yo, que aquello que en detrimento elegimos realizar. Ciertamente, es un caso extraño. Sobre todo al comprobar que una y otra vez son los mismos proyectos los que evitamos, como si estos proyectos se hubiesen acomodado a nuestras arrugas, y simplemente fueran transfiriéndose de una a otra, con un apego exquisito e incondicional. Pero es mejor no agobiarse. En una parada no se puede uno agobiar, Tripotrapos. Respirar profundo. Y seguir buscando entre arrugas.

Las arrugas también se pueden escuchar. Los oídos son un aparato excelente de medida de arrugas (considerablemente mejor que las encuestas, dirían mis arrugas). Todavía con los ojos cerrados, escucho el sonido del pitido del tren, que avisa a los viajeros fumadores, tanto a los conversadores como a los paseantes, de que el tren se pondrá en marcha de forma inminente. También escucho una musiquilla, recogida del pliegue de una de mis últimas arrugas, que no deja que mi cuerpo se mantenga sereno. Mis arrugas me recuerdan aquella noche del concierto de Muchachito Bombo Infierno, presentando su nuevo disco (que todavía no ha salido al mercado. Genio y figura este Muchachito) y me cuentan un secreto. Que aún existen músicos que disfrutan más que el público de la propia música que con tanto mimo elaboran. El tren reanuda su marcha, y su ruido se mezcla con el Bombo de Jairo. La música jamás desaparecerá porque se encuentra en todo lo que escuchamos. Las discográficas, quizá. Ahora ya puedo abrir los ojos. Las arrugas vuelven a caer a su posición inicial. Es hora de sonreír.

lunes, 11 de junio de 2007

cuarta parada

Tripotrapos. Y bueno, ya parece que me voy adaptando al paseo en el blog móvil. Ya lo escucho… “cu-ar-ta-pa-ra-da”… Entonces, voy a hacerlo bien esta vez: espero un ratito, por la ventanilla todavía está oscuro… -¡oh! ¿Has visto ese murciélago?- bueno, y ahora es cuando se para… y… ¡puedo bajar! Las puertas se abren, y me encuentro ante un campo abierto.

Bueno, vamos a pasear, pues. El mes de junio se hace latente: el verde que durante estos dos meses pasados iba apoderándose de los campos se está marchitando, ya, por la sed y el calor inconfundible del mes del solsticio de verano. La inminente llegada del verano hace propicio un paseo hasta alguna playa paradisiaca de estas que están en peligro de extinción. Pero esto tendrá que ser otra parada del blog móvil.

Algo me llama la atención, allá, a lo lejos. El color amarillo de unas flores, preciosas, hace que me acerque.

La flor es semejante a la bellísima “estepa juana”, planta endémica de mi isla, aunque de pétalos más pequeños. Y la hoja no tiene nada que ver. La hoja de esta nueva planta que me he encontrado está, literalmente, agujereada, quizás por esto su nombre científico es hypericum perforatum.

Al lado, mirándola y admirándola, hay una mujer vieja, muy vieja. Me cuenta que, en sus mil años vividos, cada año, cuando llega el sol a hacernos la visita estival, camina hasta esa planta y toma de ella unos cuantos de sus tallos con flores.

- ¿Para qué?

- Pues como remedio ante cualquier tipo de quemaduras. Además, puedes hacer infusiones, que recomiendan para levantar el ánimo.

Atenta a las instrucciones, y dispuesta a convertirme en una gran bruja (buena) recojo yo también la, comúnmente llamada, Hierba de San Juan, y me dispongo a hacer mi propio aceite para las quemaduras, tan apreciado y valioso desde tiempos inmemorables.

Le regalo a la viejecita un fuerte abrazo a cambio de la sabiduría que me ha cedido, y vuelvo al blog móvil, dispuesta a hacer cuanto me ha indicado esa vieja sabia, que espero volver a encontrarme, en algún momento de mi viaje.

viernes, 1 de junio de 2007

tercera parada

Tripotrapos. Y mi parada es la tercera. Es una parada un tanto diferente, por lo que veo. Miro a mi alrededor… ¿dónde estoy? … todo es un tanto gris… ¡Oh! ¡Allí hay un poco de luz, vayamos allá, pues!

¡Vaya! Claro, como soy nueva en esto de los bloggs, todavía no conozco cuándo es el momento justo de bajarse. Yo había oído la voz, bellísima, por cierto, que anunciaba: “TER_CE_RA_PA_RA_DA”. Y me he lanzado fuera del blogmóvil. Pero claro, tenía que esperar un poco, a que se parara del todo. Creo que le cogeré el truco: es como el bus o el metro, pero con arrobas y bits.

Bueno, ya he llegado a la luz. Menos mal, porque empezaba a darme claustrofobia. ¿Vienes conmigo a dar una vuelta, Anlurina? Bueno, tú dices que prefieres quedarte a descansar, no te preocupes, ya voy sola, que bien seguro encuentro algo interesante que ya te contaré.

Y caminando, encuentro una ciudad, una ciudad grande y gris. Un olor a contaminación, a humo, a malhumor. Una ciudad enferma. Y le hablo. Y le pregunto cómo ha llegado a ese estado. Me cuenta que es un virus que tienen muchas ciudades, muchas de las ciudades vecinas. Es debido a una mala gestión, a un abandono, a una falta de cariño hacia ella. Todo el mundo aprovecha sus cualidades, pero nadie la respeta, nadie le profesa el amor con el que ella trata a quienes en ella residen.

¿Nadie? Bueno, alguien. Una ráfaga de viento llega hasta donde yo estoy. La ráfaga lleva en su seno un aroma. No es el fétido aire cargado al que ya me estoy acostumbrando. Es un plist de aire puro, con oxígeno y excelente fragancia.

Ciudad me conduce hasta la zona dónde empieza el bálsamo. Es un piso, y en ese piso un gran balcón. Y no es gran por sus dimensiones, sino por lo que contiene, todo en perfecto orden y limpieza. Tres hojas en el suelo. Secas. Las tres hojas pertenecieron a la hermosa planta de fantástico aroma que reposa sus raíces en el amplio tiesto que hay sobre la mesita. Planta que me regala cinco fresas, las mejores que jamás haya comido.

Fin de la parada, vuelvo al blogmóvil. El camino debe continuar.

jueves, 31 de mayo de 2007

EL PODER DE LOS OBJETOS.


Anlurina. No hace mucho, Tripotrapos, me hablabas de tu vida sin un televisor. Es cierto, no te pierdes gran cosa. Pero aguarda. Hay algo que te quiero mostrar. Una serie de seis capítulos que en realidad son tres. Paradojas de la televisión. Tanto como que en Estados Unidos la calidad de las series de televisión supera con creces a las miles de películas que manufacturan al año. Una serie. Pero lo siento, no voy a escribir acerca de su calidad. Escribiré sobre algo que me fascinó de la serie. Su nombre en realidad no importa. Así que no diré que los estadounidenses la bautizaron como The Lost Room. Lo que realmente importa son los objetos. ¿Qué es un objeto? ¿Qué importancia tiene en nuestra vida cotidiana? Podríamos estar de acuerdo en que un objeto es algo, generalmente fabricado por el hombre, que tiene una determinada función. ¿Es eso cierto? No del todo. Y tú y yo, Tripotrapos, lo sabemos con creces, pues en las millones de aventuras que hemos compartido los objetos fueron algo más que objetos. Esta es la idea original de la serie. Realizar un homenaje en toda regla a los objetos. Reconocerles su valor social inherente. Un ejemplo. Un político delante de un atril transparente. Todo un país expectante. Él ya conoce los antecedentes, pues su rival político pasó hará unas semanas por la misma experiencia. Obligado a desprenderse de la máscara teatral que suele encubrir cualquier debilidad. Pero no está solo. En su mano porta una pluma de la que no se desprenderá hasta que todo se acabe. Es fácil fijar nuestros ojos en la pluma. Como se mueve al compás de sus manos. Como ayuda a nuestro político a sobrellevar el peso de las miradas y análisis de millones de espectadores. Es cierto. El centro de gravedad recayó totalmente en ella. Y, de forma paradójica, esa pluma se fabricó con el único fin de escribir. El poder de los objetos es enorme. Ésta podría ser la frase con la que iniciara su andadura nuestra serie. Objetos indestructibles, con cualidades alternativas sobrenaturales que nada tienen que ver con las funciones convencionales que suelen desempeñar. ¿Nada tienen que ver? No deseo desvelar los objetos que aparecen en la serie, pero os aseguro que sus funciones alternativas son metáforas de esas funciones alternativas que realizan en la realidad. O por lo menos, eso es lo que me parece a mí. La finalidad de todo esto. Un objeto, un artefacto (algo hecho con arte), es un prisma en el que en cada cara reside una función. Y cada cara es una realidad diferente, alternativa, que se refleja en otras caras-realidades al pasar la luz a través de ella. Es por eso, que las otras caras-realidades de un objeto residen ahí, subyacentes, esperando que las descubramos cuando la luz adquiere el ángulo adecuado para mostrarlas reflejadas. Eso es lo bonito. Que las cosas que fabricamos adquieran otras funciones al ser vistas por otros ojos-caras-realidades. La segunda parada ha finalizado. Y tú, Tripotrapos, ¿vas a esperar a la siguiente parada?

miércoles, 23 de mayo de 2007

PRIMERA PARADA.


Anlurina. Me detengo. Con los pies clavados en el suelo comienzo a pensar en la belleza. Tanto nos cautiva, nos deja sin respiración. Por momentos, encontramos la perfección. Pero la belleza fluye. Y se marcha. Steven Shainberg es quizá uno de los pocos directores que se han atrevido a filmar ese dinamismo que posee la belleza. La belleza más dinámica, más revoltosa y truculenta, se encuentra viajando incesantemente entre los miembros que componen una relación. Por eso, Shainberg necesita eliminar cualquier elemento estático y banal. Necesita bucear en lo extraño. Trazar líneas de fuga, como diría Deleuze, para que la belleza dinámica salga desnuda, sin interferencias. En Secretary, anterior película de este director americano, utilizaba el juego como punta de lanza para rasgar cualquier idea preestablecida sobre la seducción y el amor. El juego inventado, Tripotrapos. El juego que saca a relucir la belleza dinámica, la que fluye. Es irónico que en esta nueva película, Fur: an imaginary portrait of Diane Arbus, haya fijado su mirada en un personaje histórico que, como el propio director, estaba obsesionado con captar esta belleza dinámica. En realidad, Diane Arbus también podría haber sido protagonista de la anterior película de Shainberg. Dos mujeres tan huecas. Desesperadas por salir de los patrones sociales en los que se ahogan. Y encontrar la belleza en el lugar más extraño. En el que todavía no existen reglas. Porque la sociedad lo desprecia, lo margina. Diane y Steven, obsesionados con este tipo de belleza, nos enseñan un camino anteriormente recorrido por otros pensadores. Y es que todo es cuestión de transvalorar, de rasgar la cortina, de jugar. Es tu turno de jugar, Tripotrapos.

martes, 22 de mayo de 2007

el viaje ha empezado

Tripotrapos. Sí, ha empezado el viaje, Anlurina. De nuevo la tecnología ayuda a mantenernos unidos y poder mezclar las dos grandes bolsas de imaginación que poseemos, y crear un nuevo mundo de ilusión, de magia y de belleza.

un abrazo muy grande, y hasta pronto, fiel compañero.

lunes, 21 de mayo de 2007

INICIO DEL VIAJE

Anlurina. La puerta se ha abierto. El juego comienza, Tripotrapos. Una vez más, emprendemos un viaje con rumbo desconocido. Ahora tenemos una nueva herramienta entre nuestras manos. Aprovechémosla como es debido. En este pequeño rincón de la red, escribiremos las pequeñas historias que nos hacen avanzar en nuestra aventura. Cualquier cosa es válida, tú ya lo sabes. Espero que lo aprovechemos como sólo nosotros somos capaces de hacerlo. Sonríe. Y navega. Es tu turno para emprender el vuelo.