martes, 30 de octubre de 2007

Una parada en Es Miramé

Tripotrapos. Desde la ventana del blog móvil, veo campos de almendros, pinares, alguna playa de fina arena. Un débil maullido sale de mi interior, al aceptar que este paraje me es un tanto familiar. Ves como para nuestro tren, Anlurina? ¿Ves donde para? Es en este mismo sitio donde hace tiempo te estoy contando que tengo depositadas mis ilusiones, mis emociones, es donde reside mi imaginación y mi magia.

¿Saltas del tren, Anlurina? Vamos, así, acompáñame en esa nueva exploración. Aquí están tus botas, aquí las mías. Esto que miras es el regla que utilizamos para medir la distancia entre las plantitas. Sólo de esta manera nos queda el suelo tan bien dividido. Y esto que estás oliendo son las primeras plantas aromáticas que sembramos. Son para atraer las abejitas y otros insectos beneficiosos para nuestras hortalizas. Ei! ¡Esta cerveza no es para ti! ¡Es el remedio ecológico contra las babosas!

Túmbate aquí, Anlurina. Alrededor de los bancales. Mira que mullido y cálido que es: lo he hecho con balas de paja. De esta manera no nacerán tantos hierbajos, porque el sol no puede ayudarles a nacer. Además, conserva la tierra la humedad, y las lombrices de tierra, mis aliadas, vivirán mucho más felices.

¡Mira! ¡Allí mismo! ¡Una lombriz! ¡Sigámosla!

¿Dónde estamos? En el fondo de la tierra. Por aquí ya paseamos una vez, y nos perdimos, recuerdas Anlurina? Encontramos muchos seres muy interesantes, y fenómenos extraños ocurrían por doquier. Esta vez creo que será diferente. Simplemente…

¿Ui qué es eso? ¿El blogmóvil bajo la tierra? ¿Tendrá parada aquí? ¿Nos recogerá?

Cambiémonos de ropa, y pongámonos la de paseo, deja aquí tus botas, que el viaje continúa.

jueves, 4 de octubre de 2007

Recomendaciones para explorar la superficie.

Anlurina. Tras mis excelsas vacaciones, tras mis investigaciones extranjeras, tras mis estancias formativas lejos de mi ciudad de residencia, me dispongo a retomar mis publicaciones banales en este sencillo blog, para el disfrute de Tripotrapos y Anlurina y, por supuesto, de todos aquellos ávidos curiosos que se hayan ido sumando a nuestros pedazos de ideas e historias cotidianos. Después de que Tripotrapos no haya dejado de hacer paradas durante todo este tiempo, manteniendo en vida el curso de este tren aventurero, ahora es mi turno. Sí, sí, esta es la parada. Los frenos chirrían y el tren se va deteniendo lentamente. Se abren las puertas de los vagones y, al poner los pies, o las patas, en tierra nos damos cuenta de que nos encontramos delante de un cine. Hoy estrenan una obra francesa, traducida al español con el significativo título de conversaciones con mi jardinero. Esta es una película perfecta para aquel que quiera descubrir cómo explorar a lo la largo de la superficie, obviando las viscerales profundidades o las etéreas ascensiones.
Esquivando introducirme en análisis o críticas acerca de los distintos aspectos de la película, amplio mi vista hasta encontrar aquel pequeño agujero por donde mirar, ese que todos al final acabamos encontrando de alguna u otra forma. A través de ese agujero nos vemos a nosotros mismos, reflexionando sobre aquello que nos llamó la atención, que nos emocionó o que, tal vez, nos abrió una puerta que jamás habíamos visto. Pues bien, miro por ese agujerito, y encuentro toda una superficie por recorrer. Allí está, y es gracias a los dos personajes de la película. Tan antagónicos, pero a la vez tan atrayentes entre sí.
Uno, tan elevado en su posición de ideas abstractas, tan bien definidas por aquello que pinta en sus cuadros. Todo un platónico en cuestión. Y el otro, inmerso en las profundidades, como las raíces de todas las plantas, árboles y arbustos que cuida con tanto esmero. Tan presocrático abriendo cavernas. Sin embargo, lo más deslumbrante de esta visita, a través de aquel pequeño agujero que encontré, es lo que les une a ambos personajes. La superficie. Y al colisionar, en el límite entre ambos, sus conocimientos se esparcen y comienzan sus juegos de aprendizaje. Por supuesto, a lo largo de la superficie. Es cierto, el director disfruta con el enfoque del protagonista, el que procede de las alturas, de la gran ciudad parisina, pues es el enfoque por el que el espectador debe entrar en la película. Mientras, su antagonista, el que procede de las profundidades, necesitará llegar antes a la superficie que el primero, para mostrárnosla a nosotros (a través del sec, por ejemplo). Es tan sólo un truco cinematográfico que, con mayor o menor acierto, me niego a juzgar o criticar. Creo en la importancia de las singularidades, de las anécdotas azarosas que nos expanden en la superficie. Y por eso, estimo con tanto agrado esta película, pues muestra de una forma sencilla y divertida (el humor es otra estupenda arma para abrirse hacia la superficie) el placer que produce encontrarse con este tipo de singularidades.
Me alejo de este agujero en el que, una y otra vez, me quedo embobado mirando fijamente las lúcidas conversaciones de estos dos personajes. Y te miro Tripotrapos, que estás ronroneando por el suelo, para recomendarte encarecidamente que degustes esta película, y busques en ella más allá del personaje que procede de las profundidades, pues estoy seguro de que te quedarás prendada con su idiosincrasia. Antes de subir a este tren, miro una vez más el cartel de la película que en breve proyectarán, y sonrío al pensar que gracias a Deleuze pude definir todo aquello que tan sólo distinguía entre la niebla de aquél al que le faltan las palabras oportunas. El tren retoma su incesante traqueteo. De nuevo en marcha, de nuevo.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Colores cálidos, oscuros, marrones, rojos, amarillos.

Tripotrapos. Y, ¿será cierto? ¿Llegamos ya a la parada número 18? Bueno, pues en esta me tengo que bajar, miauu. Anlurina me sigue, silbando alguna canción que yo no conozco, pero que suena muy bien.

La parada número 18 es aquella de colores cálidos, oscuros, marrones, rojos, amarillos. Los colores del otoño. Las hojas de los árboles caducos que empiezan a hacer su mutación anual, tiñendo todos los bosques de multitud de colores, contrastando con las hojas de los árboles perennifolios. Los primeros frutos del otoño empiezan a formarse, cediendo al mundo su color rojizo característico, y dulce sabor al paladar.

La parada 18 es esa primera parada del mes de octubre, donde los días son más cortos, e invitan a saborear de nuevo el hogar, después del verano de tardes y noches disfrutando de las calles y las playas. Y en el hogar encuentras la introspección, te encuentras contigo mismo, con el ronroneo de tu vida.

Y es en esta parada, la número 18, la del otoño, donde las aulas se llenan de gente. De vida o de aburrimiento, dependiendo del arte que tenga el profesor.

Y es en esta parada, la número 18, la del otoño, en la que empiezan a verse rastros de pisadas en las laderas de las montañas, y las playas empiezan a vaciarse.

Y es en esta parada en la que, Anlurina y yo, nos sentamos sobre una enorme hoja de madroño, que nos paseará, cual si fuera alfombra voladora de las mil y una noches, sobre todos estos fantásticos acontecimientos. En nuestra mente, no existirán palabras, ni pensamientos que nos aturdan. Simplemente fascinación ante la maravilla del mundo que renace, en esta primavera de invierno.

Llegó la hora, el viaje tiene que continuar.