Veo el corazón, lleno todo de sangre, coágulos y placenta. Y, en el fondo, está él. Un ser de doce semanas de vida. Su carita alargada, sus bracitos recogidos, como quien está sumido en un profundo y placentero sueño. Sus piernecitas flacas.
Miremos directamente al corazón. No es fácil. Demasiado dolor. Demasiadas semanas de angustia, de no saber qué pasará. Para que, después de meses, pase lo ... peor?
Lágrimas. Si miramos el reflejo de las lágrimas, vemos el momento de la expulsión, en casa, dignamente, y posterior entierro. Ese algarrobo acogió ese momento, y tendrá ahora un significado especial. Tres personas a su alrededor. Las personas que más le hubieran querido. Las personas que ya le querían. Las personas que le querrán, y no le olvidarán.
No tendrá nombre. No tendrá registro. Pero habrá tenido amor durante tres meses. Tres meses tristes, de una esperanza que ha tenido que desvanecerse. Un corazón mal formado, sin compartimentos. Un corazón que no podría sobrevivir.
Miremos directamente al corazón. Ahí estará, para siempre.