domingo, 23 de septiembre de 2007

jugadores

Tripotrapos. Una suave brisa empuja nuestro tren hacia nuevos horizontes. Anlurina juega con sus últimos cambios, con sus nuevas responsabilidades, y con su renovada originalidad. De esta originalidad salen hermosas princesas, caminos fantásticos y mágicos que conducen a… quien sabe?

Yo paso el tiempo mirando a través de los cristales, y observando. Y rumiando los cambios. Tres años llevamos en el juego eterno. Empezó, el juego, solo. El mismo juego fue quien atrapó a los dos bañistas, que apenas se conocían, pero que el azar había colocado, uno junto a otro, en esa arena blanca de esa playa minúscula, en aquella isla mediterránea. Y el juego fue quien les creó a esa Anlu, aquella que nació ese mismo día, hija de un dios y una bella mujer. Y fue esa mismísima Anlu la que no deja que el juego termine. La que sedujo, con palabras, los dos bañistas, y los unió, ya en ese juego indestructible.

Y Anlu cambió, mutó, pasó por Mariluna, Anlurina,… Grandes historias, que permanecerán para siempre marcadas en el recuerdo de esos dos bañistas, han ocurrido desde ese día. Viajes hasta lugares aún por conocer, visitas a grandes personajes, magia por doquier. El juego ha ido variando día tras día, y año tras año, tal cual han ido cambiando los dos jugadores, que un día fueron bañistas. Un juego que va ampliando sus horizontes, que llega de cada vez a más gente. Un juego magnético que hechiza a quien empieza a leerlo. ¿Quien gana? ¿Quien pierde? … Lo que empezó con dos grandes ganadores, ha cambiado, y ya sólo quedan dos grandes jugadores, amigos irremplazables, dos magos hipnotizados por las letras y las palabras.

Y a través de los cristales veo los fragmentos de quienes fuimos, alguna vez, los dos bañistas. Fragmentos felices, pero de algo que ya pasó. Fragmentos amargos, pero de algo que ya pasó. Fragmentos que han tenido que existir, para poder dar paso a lo que existe ahora.

Una lágrima aparece sobre mis largos bigotes. La conozco, y la saludo. Y me despido de ella. Adiós, gran amiga, sé que me visitarás cuando te necesite.

Me levanto suavemente y paseo por el tren. Algunas de las personas me acarician el lomo mientras yo ronroneo. Cada cual con sus horizontes, cada cual con sus sueños,… Me acerco hasta donde juega Anlurina y le guiño un ojo, a lo que me responde con una sonrisa de complicidad.


lunes, 10 de septiembre de 2007

viajes

Tripotrapos. El blogmóvil nos conduce hacia el otoño, pronto llegará ese aire menos caluroso, las noches más largas, y los días más cortos.

Por ahí alguien habla de los viajes que ha realizado en el transcurso de este verano. Puedo mencionar una escapada a la blanca y, siempre, atemporal Formentera. Solamente una visita, corta, muy corta, a esa isla; una noche guiada por gente nacida en ese lugar. ¡Pero eso no es viajar! No, tienes razón. El blogmóvil para ante estas aguas turquesas y, al sumergirme en ellas, la reflexión llega sola. La frase, clara, concisa, concreta, viene con la reflexión: “tengo ganas de estar en casa”. Me sorprende esta frase, que llega hasta mí, casi asustándome. Pero la acepto y la comprendo. Y comprendo la palabra casa, no como unas paredes y un techo, sino como sinónimo de la palabra hogar. Así pues el verano entero se ha convertido en un viaje hasta mi propio hogar.

Y en ese viaje veraniego tan especial no me he encontrado, como creía años antes, con una estúpida TV y un microondas, sino con un mundo al que, sin saberlo, deseaban mis genes volver. Abandonados, desde años ha, los campos de cultivo y los viejos árboles, me han sonreído al verme llegar, reconociéndome como hija, como nieta, como bisnieta, de todos aquellos que tan bien los cuidaron. Y sin ningún rencor hacia mi, hasta ahora, indiferencia, me han regalado sus frutos, deliciosos. Y en ese extraño viaje he hecho un pacto con esta tierra fértil: yo la cuido, ella me cuida. En el momento del pacto, noto una vibración bajo mis pies. No hay nada bajo ellos, sólo unas raíces ancestrales que crecen y se alimentan de mi ilusión nueva, o mejor, renovada.