La maleta. Como pesa esta maleta. Anlurina la acomoda como puede en este tren. LLevas demasiadas cosas, Anlurina. Tantas cosas por contar por esa manía tuya de meter experiencias sin utilizarlas luego. Es tan pesada que no podrás mostrar en una sola entrada todos tus juguetes. Pero no importa. Porque Anlurina está de vuelta. Con agua y jabón, le ha cambiado la cara a este tren-blog. Parece como nuevo. Anlurina está contenta por esta nueva experiencia. Pero a la vez triste. Sentimientos encontrados que motivan la puesta a punto de este tren renovado. Anlurina abre su maleta. No del todo. Apenas una rendija por la que puede introducir su mano. Y encuentra Buenos Aires. Su nueva ciudad. Una ciudad enorme. Caótica. Pero siempre interesante. En estos momentos es un pequeño germen. Diminuto. Sin casa todavía. El alojamiento es proporcionado por amigos. Buenos Aires es una semilla que ha de germinar en este blog.
Introduce una vez más la mano. Y aparece un objeto muy pesado. Quizás el más pesado de toda la maleta. La tesis. Es un monstruo que lo engulle todo. Poco a poco, succiona experiencias, tiempo, fuerzas. Tanto, que la única sensación que emerge es estar ocupado. Anlurina olvidó estar desocupada. No me refiero a no hacer nada. No es ese el sentido. Cuando un monstruo de este tipo comienza a fagocitarlo todo, en realidad, lo que ocurre es la ocupación del monstruo en la mente. No es una cuestión de tiempo. Es una cuestión neuronal. La saturación presiona internamente hasta que la sensación de agobio lo consume todo. Las expectativas se paralizan, el pensamiento se monopoliza, las actividades paralelas se anulan. La fortaleza del monstruo es tan poderosa que engulle pasado, presente y futuro. Y así, una vez que el monstruo es vencido. Una vez que la tesis es leída. Aún perdura la sensación de ocupación, de agobio constante. Las heridas son demasiado profundas como para que cicatricen en unos cuantos días. Pero las heridas enseñan. Muestran nuestros miedos, nuestros errores. Y sirven para valorar aquellas pequeñas cosas que enriquecen la vida.
Una de ellas es este tren. Anlurina abre una ventana del tren. Entra aire fresco, aire marino. El delta de La Plata. Tan imponente. Parece entrar por esta pequeña ventana. Anlurina sostiene al monstruo. Se acerca a la ventana y le ofrece esta salida. El monstruo se despide. Al fin. Desde el respeto y la admiración que permanece por el contrincante tras la batalla. Como bien dice Sloterdijk. El monstruo admira el valor y el orgullo del iracundo. De aquel que, con una rodilla en tierra, se niega a darse por vencido y, a base de riñones, vuelve a levantarse cargando en sus espaldas el peso del monstruo. De este modo, el monstruo mira por última vez a Anlurina a los ojos. Extiende sus alas de plomo. Y se marcha. El tren respira hondo.
A todo vapor. El viaje comienza.