viernes, 11 de septiembre de 2009
Cambios
Y qué puedo yo decir de ESTE septiembre. Acércate Anlurina, y observa dónde estoy, dónde he vuelto. Observa lo que hay a mi alrededor, y mira bien mi presente. El presente y el pasado se mezclan con el futuro.
Tras 13 años de la ciudad, vuelvo al pueblo que me vio nacer, vuelvo al origen, a la gente de siempre, con todo lo bueno y con todo lo malo. Pero con un gran cambio: yo. Mis ojos no son los mismos, ya no ven las mismas cosas, los detalles que observan son otros distintos que los de antaño, mis pensamientos, mi actitud, e incluso la forma de moverme y de relacionarme.
Es igual que si estuviera de viaje a un sitio que conocí hace muchos años, y ahora debo verlo con mayor madurez. Analizar, reinterpretar, ...
Sigamos el curso de este nuevo año, de estos meses oscuros. Qué deparará el futuro próximo?
viernes, 3 de abril de 2009
es la era de la des-información
Estos últimos años han aparecido en mi vida tantas cosas nuevas de las que nunca hablarían nuestras apreciadas TVs! De las que bien se guardan los comerciantes de hacer propaganda! Empecé comprando una mooncup, una copa de luna. Algo tan higiénico como el chupete que una mamá daría a su bebé. Algo que es de la mujer, y que es la mujer la que se encarga de su limpieza, de su esterilización, de su conservación. Algo que la mujer no tira hasta pasados diez años, veinte, … Ningún residuo echado por el WC, ni a la basura. Ningún residuo que haga crecer la montaña que hay al lado de la incineradora, de la cual se alimentan numerosas gaviotas patiamarillas. Nada en el cuerpo que desconoces por qué manos ha pasado. Ningún blanqueante, ningún elemento tóxico, nada que reseque la delicada zona.
Pues, después de la mooncup, llegó la bola de lavar. ¿Por qué nadie hace eco de estas maravillas? Desaparece el detergente de la lista de la compra. La magia de la bola se hace presente en el momento en el que gira el tambor de la lavadora. Solas, sus bolitas cerámicas, van ejerciendo la acción de detergente, dejando como residuo, solamente, el agua y la suciedad. Nada de detergentes que, antes o después, serán echados al mar, y volveran a nuestra casa en forma de peces caros, por su evidente escasez.
Y después de la bola de lavar, llega la ecoducha. Fenómeno donde los haya, ya que no solo purifica el agua, sino que hace que también desaparezca el gel de la lista de la compra…
Y ahora aparece la Stevia. Planta 30 veces más dulce que el azúcar, sin ninguna caloría, tolerada por los diabéticos, sin ninguna contraindicación. Las fuertes presiones de compañías como Coca Cola son las que impiden su comercialización. Ahora, desde algunas entidades de payeses mallorquines, quieren hacernos llegar sus formas de cultivo, y sus semillas.
¿Por qué es tan sencillo para la gente llegar hasta las drogas, pero es casi imposible que cosas tan sencillas, tan económicas, tan prácticas, lleguen hasta todos los hogares? ¿En qué mundo vivimos?
¡yo también me subo al tren!
Tripotrapos. ¡Aaaaahh! Por los pelos, siguiéndote, Anlurina, he podido pillar también el tren. ¡Menos mal!
Y he podido oír tus comentarios que hacías al llegar a nuestro querido y casi olvidado medio de transporte. Y ahí va mi reflexión: ¿por qué me suenan tanto? ¿Por qué conozco esos cambios, esas personas, esas sensaciones?
Fue el trabajo el que puso ante mis narices la gran diversidad de gente que nos acompaña, y que ni siquiera reparamos –ni queremos reparar- en ella. Suben al bus, con sus pieles oscuras, o sus ojos achinados, o sus moños tapados por elegantes y coloridos pañuelos. Suben al bus, con su bebé en el pañuelo que llevan en la espalda, y sus otros tres niños correteando a su alrededor, pero nunca perdiendo de vista a su mamá. Suben al bus, hablan entre ellos, bajan del bus. Y lo único que vemos es el asiento ocupado, pero no vemos nada más. Y menos mal. ¿Seríamos capaces de ver, sin marearnos, el desembarque del cayuco? ¿Y la media docena de hijos, dejados atrás, más allá del Atlántico, en esas altas montañas peruanas, en o Brasil repleto de gente, esos niños flacos y de melodioso dialecto? ¿Seríamos capaces de soportar los párpados abiertos si viéramos a esa mujer, de niña (quizá no hace tanto tiempo que fue niña), andando horas para llegar a su escuela, o a la fuente de agua potable? Y un largo etcétera… Yo sé mi respuesta: no. Prefiero seguir viendo asientos del autobús llenos. Me mareo con todo lo demás.
Pero el trabajo, y seguro que una parte de mi misma, me pone delante de mis narices todo eso, y más. En realidad, es lo que pasa cuando decides ir a trabajar al “Bronx” de mi isla, esto pasa por escoger una plaza de “atención a la diversidad” en el barrio más pobre y más marginal de la ciudad.
Y es cuando ocurre el milagro.
Es cuando se invierten los papeles, y dejo de ser una profesora y me convierto en una alumna. Dejo de ir hasta allí para enseñar, y hago el trayecto de mi casa hasta allí para aprender. Me siento en una silla privilegiada cada mañana, con una veintena de chavales, en frente de mi, instruyéndome. Hablándome de las cosas que para ellos son habituales, y yo escuchando. Al dar mis opiniones, ellos tienen que hacer un sobreesfuerzo, no sólo por el idioma, sino porque mis ideas son tan lejanas a las suyas, tanto, que da risa. La risa se apodera de ellos si les pregunto si van a comprar con sus madres al supermercado. Niños y niñas ríen sin parar, pues parece evidente –aunque yo no lo pille- que un niño (macho) jamás iría al súper con su maaama. Ahí es donde intervienen las niñas, contentas por su buena educación recibida, y que piensan transmitir a su descendencia.
En lo que va de curso he aprendido algunas palabras en árabe (algún insulto, es evidente), he aprendido algunos rituales gitanos, he aprendido los típicos castigos de las escuelas de Kenia, también cuán triste puede estar un niño cuando ha sido maltratado, y también cuán extraño puede ponerse alguien al perder su casa, por falta de pago. También cuando alguien echa de menos a su mamá, o mil cosas más. He visto reportajes de bodas árabes, con la belleza de sus vestidos, los colores, la poesía, mi nombre escrito en árabe, las dificultades de algunos chicos para pertenecer a un grupo, lo divertido que es, según parece, robar…
Pero lo que me han enseñado mejor esos maestros, es que, en una pequeña aula, podemos estar 20 personas, cada una cargando con nuestra raza, nuestra piel, nuestros ojos, nuestra lengua, y reírnos de todo ello. Y hablar de ello sin que sean los insultos los que se paseen de pupitre en pupitre, hiriendo sensibilidades, sino sólo curiosidad. Ganas de saber del otro. Hablar de los góticos, de los payos, de los gitanos, de los moros y los cristianos, y de los chinos, y de los sudamericanos, de los negros, y de la Eulalia que – ¡vaya gracia!- ¡é de aquí! ¡Qué rara que é esa mujé!
Pero una vez la curiosidad se ha calmado, ocurre un fenómeno un tanto extraño: los colores se diluyen, los acentos desaparecen, se mezclan los aromas y las lenguas. Y es en ese momento cuando ves a la chica mora bailando flamenco con la chica negra, en un baile bellísimo, con unos toques involuntarios de danza del vientre y danzas tribales que no hacen si no realzar el momento, momento que consigue una risa general de todos los presentes. Y es esa risa la “culpable” del hecho que un grupo que, según algunos inexpertos, podría ser una bomba, sea realmente una fiesta y un derroche de culturas y sabidurías, que van mezclando consiguiendo el mestizaje al que, según la entropía, deberíamos llegar. (Aunque jamás de los jamases entenderán el teorema de Tales, evidentemente)
miércoles, 1 de abril de 2009
CASI SE ME ESCAPA
1. Cuando uno se muda de piso, no se está produciendo tan sólo una modificación física. Es algo mucho más complejo y profundo. La importancia de abandonar un espacio, deshabitarlo para habitar otro. El concepto de translación supone cambiar el origen de la fuente. Tomar un hogar por otro, identificar ese nuevo espacio como tuyo. Y entre medias. En ese proceso de traslado no hay nada, tan sólo un vacío enorme en el que cae el hogar, que se encuentra en su más álgido proceso de transformación. Mentalmente es tan complejo, que de momento soy incapaz de describir cualquier apreciación concluyente. Tan sólo. Hablar sobre el hábito del espacio. Mentalmente reconocemos el espacio de nuestro hogar, conocemos sus límites, sus aristas y esquinas. Conocemos todos los trucos de sus puertas y cajones, aquel cuadro que se tuerce levemente. La orientación de uno mismo en el interior de su hogar. Mentalmente es complejo olvidar los antiguos hábitos hogareños y crear unos nuevos. Por eso no puedo escribir más allá de la descripción de este proceso.
2. Nuevos compañeros de trabajo han llegado. Procedentes de lejanas tierras. En el primer caso, es una estancia breve pero intensa porque debemos trabajar codo a codo para sacar adelante un artículo. Un investigador procedente de Argentina. Con lo que ello supone. La adaptación fue muy rápida. Y constata lo cerca que estamos de Latinoamérica a pesar de estar separados por cientos de kilómetros. Es curioso no darnos cuenta de que somos la referencia. Las riquezas de estas culturas en una misma lengua. Y sin embargo, no lo aprovechamos todo lo que debiéramos. Pero quiero centrar mi atención en la otra compañera de trabajo que ha llegado. No viene de estancia breve. Pasará cuatro años en nuestro grupo. Es egipcia. Y vino sin conocer nuestra lengua. Procedente de otra cultura, de otra religión, la musulmana suní, se ha adentrado en un mundo totalmente nuevo para ella. Otros pensamientos, otras ideas, otra lengua, otras creencias. Es una buena oportunidad para ella para experimentar nuevas sensaciones, para intercambiar conocimientos. Todo estas transferencias no se quedarían en una utopía si no fuera por las reglas tan estrictas a las que están sometidos. Y en este caso, incluso, a las que se autosomete. Y esas reglas jamás se olvidan, están ahí, siempre presentes, como el hiyab que cubre su cabeza. Sigo pensando que Occidente puede aprender grandes cosas de la cultura islámica. Pero hay demasiados muros por derribar, construídos por unos y otros, por supuesto. Si yo me he encargado durante toda mi vida de tirar mis propios muros, obtenidos de mi cultura, de mi formación en esta sociedad occidental, ahora me encuentro con muros recién edificados por unos gobernantes que han decidido encerrarse en sí mismos, endurecer su piel, reafirmar su cultura haciéndola impermeable. Todo por miedo. El exterior es peligroso, Occidente es peligroso. Existen locos gobernando en aquellos países occidentales. La historia siempre se puede razonar. Pero sigue dándome rabia. Sobre todo cuando veo películas como la de "Bab'Aziz, el sabio sufí". En ella me recuerdan lo que otros quieren que olvidemos. Que debajo de esa dura piel de normas impuestas, de terrorismo organizado, de aislamiento cultural que nos quieren vender aquellos locos ávidos de petróleo que buscan más poder en Occidente, hay mucha sabiduría. Mucha.
3. Por último, es hacer referencia a este último fin de semana. La perdida de un eslabón antiguo y la creación de una unión cercana. Parecía que hubiese estado planeado de antemano. La muerte de mi abuela, el eslabón más antiguo por parte de mi padre. El casamiento de mi hermano. Todo en el mismo fin de semana. Toda una amalgama de sentimientos entremezclados que eran imposibles de encuadrar o clasificar dentro de un estado anímico. Para qué. Me sentía triste y feliz, aliviado y angustiado, cansado, sobre todo cansado. Todo sucede. Y a veces se produce de forma secuencial. Sin planearse se creó un tren de emociones que viajó a través del tiempo. Y aquí estoy ahora. Dispuesto a aceptar mi vida en un tren. Sin más preámbulos. El tren arranca.