lunes, 11 de octubre de 2010

Nacimiento, Segunda parte.

Tripotrapos. Atrás quedaron esas oleadas de mil sensaciones de la última vez que viajamos en el blog.
Anlurina. Sí, pero... Y cómo terminó eso?
Tripotrapos. Las sensaciones fueron haciéndose mayúsculas, Anlurina. El cuerpo iba cambiando, abriéndose y contactando fuertemente con la naturaleza. Tras horas de mucha fuerza, como en las peleas de los amos de la selva que vemos en los documentales, de nervios y llantos y gritos y desmayos, ... un llanto. Un nuevo ser. Una niña. Muy blanca, de cara totalmente redonda, de ojos extremandamente achinados, preciosa. Acababan de nacer dos mujeres, una, todavía niña, con toda su vida por delante; la otra, acababa de nacer como nueva madre.

Ahora, casi 50 días después de la magia, una transformación ha tenido lugar en la casa que habitan las dos nuevas mujeres y el amoroso papá: ha pasado de una simple casa a ser un hogar, una familia. Risas y llantos se alternan en la carita de un bebé que descubre, cada día, nuevos elementos en el entorno que será su mundo. El día, la noche, el cuerpo, las personas, los olores, la música, ... Risas y llantos se alternan en las caras de unos nuevos papás que rebosan de un amor no conocido hasta entonces, imposible de superar.

Ahora, casi 50 días después de la magia, ya es seguro que no es un sueño, ni un delirio. Una nueva persona ha llegado y convive con nosotros y nos ayuda a aprender a ser humanos, a ser animales. Ni mejores ni peores personas, simplemente personas. A ser conscientes de dónde venimos, del amor que seguramente recibimos, aunque no lo recordemos. A ser conscientes del valor de un abrazo, que calma el llanto más desesperado. Del valor de un regazo, del valor de una voz, de un pecho maternal, de una canción, de un paseo.


Hasta muy pronto Anlurina.