lunes, 10 de septiembre de 2007

viajes

Tripotrapos. El blogmóvil nos conduce hacia el otoño, pronto llegará ese aire menos caluroso, las noches más largas, y los días más cortos.

Por ahí alguien habla de los viajes que ha realizado en el transcurso de este verano. Puedo mencionar una escapada a la blanca y, siempre, atemporal Formentera. Solamente una visita, corta, muy corta, a esa isla; una noche guiada por gente nacida en ese lugar. ¡Pero eso no es viajar! No, tienes razón. El blogmóvil para ante estas aguas turquesas y, al sumergirme en ellas, la reflexión llega sola. La frase, clara, concisa, concreta, viene con la reflexión: “tengo ganas de estar en casa”. Me sorprende esta frase, que llega hasta mí, casi asustándome. Pero la acepto y la comprendo. Y comprendo la palabra casa, no como unas paredes y un techo, sino como sinónimo de la palabra hogar. Así pues el verano entero se ha convertido en un viaje hasta mi propio hogar.

Y en ese viaje veraniego tan especial no me he encontrado, como creía años antes, con una estúpida TV y un microondas, sino con un mundo al que, sin saberlo, deseaban mis genes volver. Abandonados, desde años ha, los campos de cultivo y los viejos árboles, me han sonreído al verme llegar, reconociéndome como hija, como nieta, como bisnieta, de todos aquellos que tan bien los cuidaron. Y sin ningún rencor hacia mi, hasta ahora, indiferencia, me han regalado sus frutos, deliciosos. Y en ese extraño viaje he hecho un pacto con esta tierra fértil: yo la cuido, ella me cuida. En el momento del pacto, noto una vibración bajo mis pies. No hay nada bajo ellos, sólo unas raíces ancestrales que crecen y se alimentan de mi ilusión nueva, o mejor, renovada.

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