jueves, 13 de marzo de 2008

La superficie cinematográfica.

Anlurina. Hace ya un tiempo que en estas breves paradas aparecen diversos comentarios y reflexiones acerca de las morfologías de las superficies. Casualmente la última película de los hermanos Coen, que ha cosechado tantos premios como malas críticas por parte del público, quizás por contar una historia de forma tan áspera, me ha mostrado visualmente una nueva perspectiva de la superficie. No es fácil describir lo que se siente cuando finaliza la película. Algunos lo llaman repulsa o desagrado, otros incomodidad, quizás asombro. A mí me produjo una satisfacción inmensa albergar ese sentimiento que no pude describir de forma alguna. Porque los hermanos Coen acababan de plasmar en su película toda la teoría de superficies que propone Deleuze. Lo prometo, esta será la última referencia que haga de su libro La lógica del sentido. Sin embargo, es cierto, sólo en la frontera, en esa línea diferencial imaginaria que separa el mismo polvo del desierto pero que el hombre se ha empeñado en diferenciar. Y menudas diferencias. Es en esa superficie que no tiene fin donde el metraje avanza, sin música, tan sólo el sonido de esa superficie para subrayar el espacio que devasta las mentes de esos personajes, tan empeñados, por otra parte, en analizar otra línea limítrofe más conceptual y tenebrosa, que es la que separa la vida y la muerte. Así transcurre durante toda la película, entremezclándose ambas superficies, traspasando la frontera para llegar al otro lado, haciendo que el canto de la moneda posea un grosor infinitesimal, para que la reflexión recurra a este azar. El azar es el que hace que el protagonista se encuentre ese escenario dantesco, y tras él se presenta la elección irreversible, la que marcará el camino. Un enfrentamiento entre superficies, una carrera entre ellas para llegar al límite y traspasarlo. Una carrera entre ambos protagonistas en sus respectivas superficies. Porque Anton Chigurh, el nombre que a todos se nos queda en la memoria, parece avanzar a través de las muertes que se va cobrando, como un fantasma, haciendo que la línea vida-muerte sea lo más delgada posible, como un ligero soplido disparado por su compresor de aire (un arma aterradora, que a la vez fortalece esa presencia fantasmal del personaje). Sin embargo, es el sheriff, interpretado maravillosamente por Tommy Lee Jones, el que nos rescata de esa vertiginosa carrera para presentarnos, reflejado en ese rostro melancólico y cansado, un país actualmente en decadencia, aquejado de muchos males y pocos remedios, en el cual todo tiempo pasado fue mejor. Es el sheriff el que recuerda el valor del presente, como el punto de inflexión entre el pasado y el futuro. De este modo, nuestro tercer personaje mira hacia atrás, para admirar la historia de aquellos que quisieron que el presente fuera de otra forma, y recurre a los sueños para vislumbrar el futuro. Es entonces cuando se da cuenta de que se encuentra en la frontera. La frontera entre el pasado y el futuro, frontera entre países que no cesan de cambiar, la frontera, en definitiva, entre la vida y la muerte.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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