Ya cambió todo. Monstruos tésicos que engullían al pobre Anlurina lo han dejado libre. Tripotrapos ya cambió tanto tanto... Cuando mira atrás ve a una chiquilla que pasea sola. Divertida... sí, se lo pasa bien, parece. A Tripotrapos le cae bien esa chiquilla, pero no es la misma que pasea ahora.
Ahora lleva siempre un bulto al lado, colgado en una tela, o gateando al lado de sus piernas... Acerquémonos y veremos la sonrisa alegre del nuevo ser, chispitas en los ojos de quien tiene todo por descubrir, la voz de quien está descubriendo los sonidos.
Tripotrapos ha perdido su identidad como único ser, y vive una maternidad consciente, ha perdido el egoísmo y aprendió a dormir con un ojo abierto, y una mano libre para poder actuar. Sabe perfectamente que el mundo, la época en la que le ha tocado vivir está preparada para la gente que corre de un sitio para otro, para la gente que quiere producir como produce la termomix, preparada para el egoísmo y la soledad. Y que el mundo está desquiciado. Desquiciados que han vivido sus primeros años en medio de pataletas, durmiendo solos en una habitación llena de horrendos juguetes, en medio de biberones a partir de los pocos meses, en medio del "Cállate ya", de "no toques" y "no hagas" y "me tienes harta". Y no necesitamos más desquiciados. Necesitamos más locos que sepan que el mundo les dará lo que quieran. Más locos que, con esta ilusión, apegada a sus pequeñísimos cerebros en formación, tengan el coraje de luchar por lo más justo y lo que más quieran. Y que, entonces, creen.
Por un mundo de locos creadores.
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