jueves, 23 de agosto de 2007

Una nueva forma de jugar.

Anlurina. El estío se recoge en sí mismo. Cae en el mar como caía el Sol en las playas de Cádiz. Y dentro del mar, de cualquiera de los mares que se asientan en este mundo. En el fondo de él, reflexiono acerca del juego. Continúo en la búsqueda de un libro que recoja la historia del juego a lo largo de la Humanidad. Pero ese es otro cantar. De momento, Deleuze me habla sobre el juego. Y con él, me habla de un autor sorprendente. Lewis Carroll se ha podido considerar erróneamente como un autor de cuentos y fábulas para niños. Pero no es cierto, es un jugador empedernido. De este modo, apoyándose en el autor de Alicia, Deleuze nos muestra una forma distinta de jugar. Aquella en la que todo es modificado por el azar, en la que siempre nadie pierde cuando juega. Ni gana. Reglas que van modificándose en cada tirada, que estipulan lo que le conviene en cada momento. Porque ahí reside la clave. En el momento. En la anulación del acontecimiento como aquello que ocurrió y que ha de ocurrir. En su lugar, presentar al presente de forma infinitesimal, que se pierda en el pasado y futuro, de modo que se llega a la eternidad con la partición en infinitos pedazos del presente. Son dos formas de mirar al tiempo. Y ambas modifican totalmente la manera de jugar. Como dice Deleuze, ya no se busca la dualidad causa-efecto, sino que se detiene en dualidades como morirse de hambre-niño que nace de las palabras para encontrar el presente. Ciertamente, Carroll nos enseña a jugar en sus libros de una forma más clarividente que lo que lo intentan mis torpes palabras. Sigo sentado en el fondo de este mar común, reflexionando sobre lo que Deleuze me explica, intentando relacionarlo con mi vida, con mis pensamientos, con mi naturaleza. Y es que yo, amante del caos, impertérrito ilusionista de realidades ficticias, llevo tiempo jugando, inmerso en el azar, tirando los dados que marcan las reglas con las que he de diseccionar la realidad. Pero no hace mucho encontré un gran juego, querido lector. Un juego que identifico plenamente con los conceptos presentados por Deleuze. Y es que amar es un juego. Un juego en el que cualquier movimiento está marcado por los dados. Un juego que se ramifica sucesivamente en otros subjuegos que, a su vez, se vuelven a ramificar. Es cierto, hablar de amor parece siempre petulante y ñoño, un producto manufacturado para novelas y películas de palomitas. Así que utilizaré otra palabra para describirlo: duozar, una sencilla mezcla entre dos personas y el azar (disección de una acción, del presente, en este caso del amamiento). Pues bien, duozar supone encontrar eternidades en cada pedazo infinitesimal de presente, en cada disgregación que se pierde hacia delante y atrás. Sin reglas presupuestas, tanto por crear, nada por perder. Y en medio. En medio siempre queda la sonrisa de saber que se juega a caballo ganador. Ya no queda oxígeno en mis pulmones. He de subir a la superficie para recuperar el tren que dejé estacionado. El viaje continúa.

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