miércoles, 3 de octubre de 2007

Colores cálidos, oscuros, marrones, rojos, amarillos.

Tripotrapos. Y, ¿será cierto? ¿Llegamos ya a la parada número 18? Bueno, pues en esta me tengo que bajar, miauu. Anlurina me sigue, silbando alguna canción que yo no conozco, pero que suena muy bien.

La parada número 18 es aquella de colores cálidos, oscuros, marrones, rojos, amarillos. Los colores del otoño. Las hojas de los árboles caducos que empiezan a hacer su mutación anual, tiñendo todos los bosques de multitud de colores, contrastando con las hojas de los árboles perennifolios. Los primeros frutos del otoño empiezan a formarse, cediendo al mundo su color rojizo característico, y dulce sabor al paladar.

La parada 18 es esa primera parada del mes de octubre, donde los días son más cortos, e invitan a saborear de nuevo el hogar, después del verano de tardes y noches disfrutando de las calles y las playas. Y en el hogar encuentras la introspección, te encuentras contigo mismo, con el ronroneo de tu vida.

Y es en esta parada, la número 18, la del otoño, donde las aulas se llenan de gente. De vida o de aburrimiento, dependiendo del arte que tenga el profesor.

Y es en esta parada, la número 18, la del otoño, en la que empiezan a verse rastros de pisadas en las laderas de las montañas, y las playas empiezan a vaciarse.

Y es en esta parada en la que, Anlurina y yo, nos sentamos sobre una enorme hoja de madroño, que nos paseará, cual si fuera alfombra voladora de las mil y una noches, sobre todos estos fantásticos acontecimientos. En nuestra mente, no existirán palabras, ni pensamientos que nos aturdan. Simplemente fascinación ante la maravilla del mundo que renace, en esta primavera de invierno.

Llegó la hora, el viaje tiene que continuar.

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