jueves, 4 de octubre de 2007

Recomendaciones para explorar la superficie.

Anlurina. Tras mis excelsas vacaciones, tras mis investigaciones extranjeras, tras mis estancias formativas lejos de mi ciudad de residencia, me dispongo a retomar mis publicaciones banales en este sencillo blog, para el disfrute de Tripotrapos y Anlurina y, por supuesto, de todos aquellos ávidos curiosos que se hayan ido sumando a nuestros pedazos de ideas e historias cotidianos. Después de que Tripotrapos no haya dejado de hacer paradas durante todo este tiempo, manteniendo en vida el curso de este tren aventurero, ahora es mi turno. Sí, sí, esta es la parada. Los frenos chirrían y el tren se va deteniendo lentamente. Se abren las puertas de los vagones y, al poner los pies, o las patas, en tierra nos damos cuenta de que nos encontramos delante de un cine. Hoy estrenan una obra francesa, traducida al español con el significativo título de conversaciones con mi jardinero. Esta es una película perfecta para aquel que quiera descubrir cómo explorar a lo la largo de la superficie, obviando las viscerales profundidades o las etéreas ascensiones.
Esquivando introducirme en análisis o críticas acerca de los distintos aspectos de la película, amplio mi vista hasta encontrar aquel pequeño agujero por donde mirar, ese que todos al final acabamos encontrando de alguna u otra forma. A través de ese agujero nos vemos a nosotros mismos, reflexionando sobre aquello que nos llamó la atención, que nos emocionó o que, tal vez, nos abrió una puerta que jamás habíamos visto. Pues bien, miro por ese agujerito, y encuentro toda una superficie por recorrer. Allí está, y es gracias a los dos personajes de la película. Tan antagónicos, pero a la vez tan atrayentes entre sí.
Uno, tan elevado en su posición de ideas abstractas, tan bien definidas por aquello que pinta en sus cuadros. Todo un platónico en cuestión. Y el otro, inmerso en las profundidades, como las raíces de todas las plantas, árboles y arbustos que cuida con tanto esmero. Tan presocrático abriendo cavernas. Sin embargo, lo más deslumbrante de esta visita, a través de aquel pequeño agujero que encontré, es lo que les une a ambos personajes. La superficie. Y al colisionar, en el límite entre ambos, sus conocimientos se esparcen y comienzan sus juegos de aprendizaje. Por supuesto, a lo largo de la superficie. Es cierto, el director disfruta con el enfoque del protagonista, el que procede de las alturas, de la gran ciudad parisina, pues es el enfoque por el que el espectador debe entrar en la película. Mientras, su antagonista, el que procede de las profundidades, necesitará llegar antes a la superficie que el primero, para mostrárnosla a nosotros (a través del sec, por ejemplo). Es tan sólo un truco cinematográfico que, con mayor o menor acierto, me niego a juzgar o criticar. Creo en la importancia de las singularidades, de las anécdotas azarosas que nos expanden en la superficie. Y por eso, estimo con tanto agrado esta película, pues muestra de una forma sencilla y divertida (el humor es otra estupenda arma para abrirse hacia la superficie) el placer que produce encontrarse con este tipo de singularidades.
Me alejo de este agujero en el que, una y otra vez, me quedo embobado mirando fijamente las lúcidas conversaciones de estos dos personajes. Y te miro Tripotrapos, que estás ronroneando por el suelo, para recomendarte encarecidamente que degustes esta película, y busques en ella más allá del personaje que procede de las profundidades, pues estoy seguro de que te quedarás prendada con su idiosincrasia. Antes de subir a este tren, miro una vez más el cartel de la película que en breve proyectarán, y sonrío al pensar que gracias a Deleuze pude definir todo aquello que tan sólo distinguía entre la niebla de aquél al que le faltan las palabras oportunas. El tren retoma su incesante traqueteo. De nuevo en marcha, de nuevo.

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