martes, 12 de junio de 2007

Retrospectiva.

Anlurina. Quién lo diría. Ya en la quinta parada. Esa en la que nadie baja, pero permanecemos durante varios minutos con el tren detenido. Algunos la dedican para salir a fumar un cigarrillo. Yo no. Yo dedico este tiempo a mí mismo. Cierro los ojos, y dejo que el sol pase a través de mis párpados, iluminando una vista que no existe. Es cierto, hoy hace muy buen día. Por eso salen más personas de la cuenta a fumarse el pitillo. Conversan en el exterior, o simplemente se dan pequeños paseos, disfrutando de la buena temperatura que nos brindan estos últimos días de primavera.

Es el momento de utilizar esta palabra. Retrospectiva. Mirarse las manos y comprobar cuántas arrugas nuevas aparecieron desde la última vez. Esos pliegues creados por la experiencia y los sentimientos, tan llenos de información. Exacto, hay que levantar el pliegue de la arruga. Retrospectiva. Los socialistas franceses se tiran de los pelos, aparecen los rencores que escondieron hipócritamente mientras hacían campaña. Mientras, otros más cercanos esconden sus rencores hipócritamente y escenifican una pantomima de acercamiento político, ignorando las arrugas tan marcadas que se han producido en sus rostros durante los meses (que digo meses, serían incluso años) previos a las elecciones municipales. Y ahora. Ahora las palabras se olvidan. Pues la calma está instaurada y todos los gobiernos corruptos han sido conservados. Mientras. Mientras recuerdo el significado de las encuestas. Medidores de arrugas, vamos. Recuerdo aquella que concluye que el cine español es mediocre. Por lo menos para más de la mitad de los españoles (en El País, 12-06-2007, sección de Cultura). Como consecuencia, la pregunta emergente: ¿con esta encuesta se están midiendo las arrugas del cine español o las de los españoles? El fantástico mundo de las encuestas, o como apoyarse en las matemáticas para obtener las conclusiones deseadas. Es un comentario muy frívolo, lo reconozco. Sin embargo, todas estas veleidades pertenecen a los recovecos que dejan mis arrugas, así que permíteme, Tripotrapos, que descubra lo que alguna vez se quedó atrapado.

Hay más cosas que quedaron atrapadas. Sobre todo, por culpa del tiempo. Esto ocurre, quizás, porque valoramos más aquello que no hacemos, que permanece escondido, en estado latente, quizá por falta de tiempo, o de ganas, o qué se yo, que aquello que en detrimento elegimos realizar. Ciertamente, es un caso extraño. Sobre todo al comprobar que una y otra vez son los mismos proyectos los que evitamos, como si estos proyectos se hubiesen acomodado a nuestras arrugas, y simplemente fueran transfiriéndose de una a otra, con un apego exquisito e incondicional. Pero es mejor no agobiarse. En una parada no se puede uno agobiar, Tripotrapos. Respirar profundo. Y seguir buscando entre arrugas.

Las arrugas también se pueden escuchar. Los oídos son un aparato excelente de medida de arrugas (considerablemente mejor que las encuestas, dirían mis arrugas). Todavía con los ojos cerrados, escucho el sonido del pitido del tren, que avisa a los viajeros fumadores, tanto a los conversadores como a los paseantes, de que el tren se pondrá en marcha de forma inminente. También escucho una musiquilla, recogida del pliegue de una de mis últimas arrugas, que no deja que mi cuerpo se mantenga sereno. Mis arrugas me recuerdan aquella noche del concierto de Muchachito Bombo Infierno, presentando su nuevo disco (que todavía no ha salido al mercado. Genio y figura este Muchachito) y me cuentan un secreto. Que aún existen músicos que disfrutan más que el público de la propia música que con tanto mimo elaboran. El tren reanuda su marcha, y su ruido se mezcla con el Bombo de Jairo. La música jamás desaparecerá porque se encuentra en todo lo que escuchamos. Las discográficas, quizá. Ahora ya puedo abrir los ojos. Las arrugas vuelven a caer a su posición inicial. Es hora de sonreír.

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