miércoles, 13 de junio de 2007

junio

Tripotrapos. Y el curso termina, y mis alumnos se despiden. Regalos, bombones,… Y la reflexión, ahora felina, continúa. Y…

Y es en esta parada, en la quinta, en la que Anlurina queda pensando, con la mirada retrospectiva hacia el lugar que ocupan sus arrugas, y la gente está encendiendo y chupando, lentamente, sus pitillos. El silencio es la nota dominante en esta parada. Un murmullo de cerebros que empiezan a funcionar, primero despacio, luego más acelerados, según la idea tome forma. Una calada al cigarrillo, y el cerebro vuelve al ritmo deseado por el fumador.

Observo el brillo de las minúsculas hogueras que crean mis compañeros de viaje entre sus labios. En mi cerebro sigue resonando el eco de la voz, femenina, amargada, de esa alumna, que rondará los cuarenta años, quizás un poco más. Difícil definir la edad de una persona que ha sido atormentada durante años. Mi marido murió. Lo siento. No lo sientas, yo no lo siento, me alegro, me maltrataba.

Difícil digestión tienen esas palabras que en mi cerebro resuenan, desde hace ya unas horas.

Vivimos en una guerra que empezó, quién sabe cuándo. Y empezó, quizás en una guerra de sexos, y quizás en una guerra por alguna patria, absurdo, y quizás fue una guerra elogiando a alguna deidad, absurdo. Y continuamos luchando, los humanos. Absurdos.

¿Hasta cuándo? Pues supongo que, según lo que predice Baricco, hasta que las personas encontremos la belleza en otra cosa que no sea la guerra, la sangre. Hasta que las personas dejemos de ver el ganar la batalla como la máxima belleza que podamos anhelar.

Algún buscador de belleza encuentro en el camino. Algún artesano, algún artista, algún cronopio, diría Cortázar. Y este buscador de belleza es el que está conduciendo la humanidad hacia una paz, no utópica, sino real.

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