miércoles, 20 de junio de 2007

noches de verano en una ciudad

Tripotrapos. Se cierran las puertas del blogmóvil, y éste empieza a rodar; ahora sale de su abismo y podemos ver los paisajes que los grandes ventanales nos ofrecen. “La meta está próxima”, nos dice una intuición. No sabemos cuál es esta meta, y suponemos que seguro que es bella y mágica, previas experiencias nos lo aseguran.

Pero no hablemos de la meta, no. Porque ahora estamos todavía aquí, y miramos a través de ese doble cristal. Es de noche, y vemos algo ahí fuera.

De esa mágica forma que sólo Anlurina y Tripotrapos sabemos hacer, nos convertimos en aire y en un soplido llegamos hasta el lugar en cuestión. Una calle estrecha, muy estrecha. Muy estrecha. El tercer piso. Los dos terceros pisos enfrentados. Casa 10 y casa 11. Enfrentadas en la calle más estrecha del mundo.

En la casa 10, una pareja. La pareja, intenta, ¡por favor!, dormir.

En la casa 11, un hombre y un televisor. En una relación que, cada noche que transcurre, se hace más y más patética.

Un intenso calor casi estival precisa la apertura de las ventanas.

En el piso tercero de la casa 11, el hombre y el televisor. El televisor intenta comunicarse con el hombre, que, una vez más, se ha quedado dormido ante sus interminables anuncios. El televisor, angustiado, quiere moverse, tocar al hombre, comunicarse con él. Pero lo único que puede hacer es aumentar el volumen de su voz.

00:00h. Medianoche.

00:15h. La mujer de la casa 10 se levanta a dar una vuelta por la casa, mientras suspira. Se mete bajo la ducha en un intento de evasión.

00:30h. Una película. Un musical horrible suena en la casa 11. También en la casa 10. El volumen se acentúa. También se acentúa el crispamiento de la casa 10.

00:45h. La pareja se asoma. Unos cuantos pasos, tres, los separa de la sala de estar donde se produce la historia de desamor entre el hombre y el televisor. Pueden verlo perfectamente: el hombre, tumbado en el sofá. El televisor, gritando a pleno pulmón, cantando esas canciones de horrible musical.

- Si gritamos, nos oirá –dice el hombre.

- Mejor una piedra en la ventana –aconseja la mujer.

- Eh! Despierta!

-

Nada. Ni un movimiento.

- Habrá muerto? –dice la mujer.

- No. Está roncando, ¿no lo oyes?

El hombre de la casa 10 se viste, y baja a la calle. Tres pisos. Toca el timbre. Vuelve a subir.

La mujer de la casa 10 se viste, y baja a la calle. Tres pisos. Toca el timbre. Vuelve a subir.

Nada.

Teléfono. Línea. 092. …

- policía?

- Un vecino… ruido…

- Ya vamos.

01:45h. El hombre coge de nuevo el teléfono. 902.

- Ya vamos.

02:00h. Club de lectura en el tercer piso de la casa 10. Los reportajes de El País del domingo pasado. Las cartas de apoyo y sugerencia que le mandan a la nueva alcaldesa socialista de la ciudad. Un libro, al azar, una historia entretenida.

02:20h. Suena el teléfono en la casa diez. Casi no se oye, debido a las repulsivas canciones del musical que nunca termina, y que emite el desesperado televisor enamorado de un hombre que no oye, no ve, sino duerme.

- Hola. Policía. Llamaron ustedes por un accidente de coche?

-

- ¿No? Atenderemos su caso más adelante.

-

02:30h. En la casa 10 empieza la fabricación en serie de aviones de papel. Entre la cortina y la ventana hay espacio, 10 cm.

02:45h. Empieza el despegue de aviones de papel con destino al sofá. Los tres primeros, llegan hasta la mesita. El televisor terminó de incordiar con el musical. Ahora, son anuncios interminables los que resuenan en todas las paredes de los dos pisos terceros.

03:00h. Un avión de papel llega hasta el destino.

Ya hay comunicación con el vecino. Adiós, buenas noches.

- 092… - no vengáis, problema resuelto- gracias por avisar- buenas noches.

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