miércoles, 20 de junio de 2007

Un Mundo.


Anlurina. Tras admirar este maravilloso cuadro de Ángeles Santos, colgado en una de las paredes del Reina Sofía, elevo este tren hasta el espacio, para comprobar si es cierto, si nuestro mundo posee la melancolía que destila la pintura, para encontrar las aristas que realizamos en nuestro planeta con el fin de encuadrar un mundo que originariamente era esférico. Y sin embargo, es cierto. Sentado, en aquella piedra plana, observo pensativamente como las diversas ninfas, antes de encenderlas con la luz del Sol, van colocando las estrellas convenientemente en el lugar que corresponde.
- Fíjate en aquella gente de ahí abajo.
- ¿Quienes?
- En los que están jugando.
Acerco mi mirada hasta aquella ciudad polvorienta, oculta por las nubes de contaminación que la asolan. Y sin embargo, juegan.
- ¿Crees que son felices?
- Son como este mundo. Con aristas.
Ángeles Santos pintó este cuadro en 1928 cuando tenía apenas 18 años. Un mundo en el que el tiempo no parece tener importancia, que rememora al mundo visitado por El Principito, pero más sombrío, más alejado de ese verde que colorea la naturaleza, en definitiva, más cercano al nuestro. Y sin embargo, juegan. No podemos despegar la mirada del cuadro. Ella. Agarra más fuerte mi mano y apoya su cabeza en mi hombro. Parece una actitud cansada, pero ella lo utiliza para concentrarse más en el cuadro, como si me pidiera que guardase su cuerpo para poder dedicarse plenamente al cuadro, y volar hasta dentro de él.
- ¿Me dejas?
- Adelante. Está a buen recaudo.
¿Cuántas cosas pueden ser representadas por un mundo? Un país, una ciudad, una familia, una pareja, un individuo. Quizá, este mundo, en varios aspectos, los represente a todos. Tan artesanal, parece a primera vista una pequeña obra de arte (un artefacto...) expuesta en un museo espacial. Pero no es cierto. Ese mundo, al igual que los países, ciudades, casas, familias, parejas e individuos, están sumergidos en un incesante devenir bidireccional que, como dice Deleuze, disuelve cualquier designación realizada por nombres o adjetivos. Una dilución mágica en donde lo único que queda es la acción, que huye del presente, que se refugia en el pasado y el futuro, que viene y que va. Como ella, sumergida en el cuadro, sin parar de dar vueltas alrededor del mundo al son de la música ejecutada por la efigie de cuello estilizado, descubriendo cada uno de los recovecos que se esconden en las aristas de este mundo, con sus callejones sin salida, tan oscuros, tan sórdidos, pero con esas bellas avenidas, tan diáfanas y deslumbrantes. Y a pesar de todo, no se cansa de seguir dando vueltas alrededor de ese mundo, representación ideal de países, ciudades, familias, parejas y, como no, individuos.

En esta ocasión, en la que ascendí hasta el espacio con el tren-blog, quiero dedicar esta parada a Ella. Porque siempre merece la pena continuar descubriendo mundos, a pesar de sus aristas y vértices, para ver más allá de lo estacionario, de lo que se expone en el museo, y acercar la mirada a aquella gente que juega en su interior. ¿Crees que son felices, pues?

1 comentario:

Anónimo dijo...

El principito recuerda a un mundo, a aquel mundo de Ángeles Santos que construye a medio camino entre "El jardín de las delicias" (El Bosco) y "El triunfo de la muerte" (Brueghel el viejo); y que colorea con un ingrediente onnírico, su guinda preferida: el surrealismo.
Y allí están ellos. Ella observa alucinada aquella escena timburtiense que la ha dejado atrapada. Y Él, justo a su lado, la acompaña mientras analiza el paisaje e inventa un nuevo juego de ideas; así intentará sorprenderla de nuevo y hacerle ver que se equivoca, que el conocer no puede hacer daño...
A saber si los del cuadro son felices. Ella en cambio sí. Sin duda. A pesar de las aristas y la amenaza de otras magias. Es feliz. Siempre supo cómo conseguirlo, y ahora siente mejor que nunca aquella sensación gracias a Él, a su tesoro, el más valioso de un Mundo, su Mundo, el Mundo de ellos...