Anlurina. Dentro de este tren internáutico mi personalidad se desglosa en diversos espectros que se incorporan a otros trenes de rumbos ya conocidos. Son mis viajes vacacionales. Los que ya he hecho, los que haré. Y en cada destino olvido pedazos de mi. Me centro en uno de esos pedazos. Alojado en Berlín, en un pequeño piso del barrio turco en donde vive un amigo común. Berlín respira un aire distinto a los conocidos por mí hasta entonces. Se respiran historias. Historias comunes, por todos ya conocidas, pues residen incluso en los libros de historia de bachillerato. Historias personales, más especiales que las anteriores, de los berlineses que deambulan por esas calles. Todos pueden decir algo. Esas historias están escritas en sus rostros. Pero las palabras no aparecen porque ya no hace falta hablar más. Ahora tan solo, caminar sin barreras. Y dejar las palabras en el recuerdo que, aunque de vez en cuando se le pueda quitar el polvo, como cuando una historia ancestral es descubierta, permanece en el interior más oscuro. Desde la nostalgia. Desde lo que nunca más debe suceder. Pero en sus caras aún permanece la madurez que confieren las experiencias tormentosas. Creemos que la memoria de pez prevalece, pero no es cierto. Por lo menos no del todo. Los edificios de mayor antigüedad se pueden contar con la palma de una mano. Por eso recobran más importancia en esta ciudad, porque expresan simbólicamente lo que ya no existe. Además, los nuevos edificios, algunos tan impresionantes, ya pueden considerarse históricos, pues han vivido experiencias decisivas para la humanidad durante este último siglo. Pero claramente el monumento más emblemático, el más impresionante y descorazonador es aquel que ya no existe. O existe a retazos. Y justamente por ello se celebra. Su aniquilación, su inexistencia. Es el muro. Y al tocar sus paredes, algunas de las pocas que quedan en pie, al acercar el oído a su piedra, pude sentir el sufrimiento de las preguntas sin respuesta, de la sinrazón de la humanidad, del silencio del resto del mundo. Sin embargo, este tren se aleja de los monumentos e historias pasadas para adentrarse en el presente. En las gentes que renuevan constantemente la ciudad, que la hacen vibrar, desmantelando sus cimientos para construir nuevas experiencias. Todo se reconvierte en Berlín, todo cambia. Sin embargo, este tren permanecerá apenas varios días detenido en esta urbe; demasiado poco tiempo como apreciar el devenir de Berlín. Tan sólo podemos tomar instantáneas de su presente, y desear que un nuevo tren de experiencias paralelas recoja alguno de nuestros pedazos y los deposite allí. En Berlín.

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