miércoles, 1 de abril de 2009

CASI SE ME ESCAPA

El tren. Casi se me escapa. Hace ya tanto tiempo que olvidé a qué hora pasaba. Como en aquellas películas de viajes, corriendo detrás del tren hasta poder engancharme al último vagón. Han pasado tantas cosas desde entonces. Apartarme del viaje para escribir esa extraña historia de un futuro inconcreto me había deformado mis antiguos hábitos de escritura. Y claro, volver a recuperarlos cuesta lo suyo. Entre medias, las experiencias se han ido sucediendo. Aportando reflexiones sobre la vida, sobre uno mismo. Comenzaré con el cúmulo de conclusiones que han ido depositándose.
1. Cuando uno se muda de piso, no se está produciendo tan sólo una modificación física. Es algo mucho más complejo y profundo. La importancia de abandonar un espacio, deshabitarlo para habitar otro. El concepto de translación supone cambiar el origen de la fuente. Tomar un hogar por otro, identificar ese nuevo espacio como tuyo. Y entre medias. En ese proceso de traslado no hay nada, tan sólo un vacío enorme en el que cae el hogar, que se encuentra en su más álgido proceso de transformación. Mentalmente es tan complejo, que de momento soy incapaz de describir cualquier apreciación concluyente. Tan sólo. Hablar sobre el hábito del espacio. Mentalmente reconocemos el espacio de nuestro hogar, conocemos sus límites, sus aristas y esquinas. Conocemos todos los trucos de sus puertas y cajones, aquel cuadro que se tuerce levemente. La orientación de uno mismo en el interior de su hogar. Mentalmente es complejo olvidar los antiguos hábitos hogareños y crear unos nuevos. Por eso no puedo escribir más allá de la descripción de este proceso.
2. Nuevos compañeros de trabajo han llegado. Procedentes de lejanas tierras. En el primer caso, es una estancia breve pero intensa porque debemos trabajar codo a codo para sacar adelante un artículo. Un investigador procedente de Argentina. Con lo que ello supone. La adaptación fue muy rápida. Y constata lo cerca que estamos de Latinoamérica a pesar de estar separados por cientos de kilómetros. Es curioso no darnos cuenta de que somos la referencia. Las riquezas de estas culturas en una misma lengua. Y sin embargo, no lo aprovechamos todo lo que debiéramos. Pero quiero centrar mi atención en la otra compañera de trabajo que ha llegado. No viene de estancia breve. Pasará cuatro años en nuestro grupo. Es egipcia. Y vino sin conocer nuestra lengua. Procedente de otra cultura, de otra religión, la musulmana suní, se ha adentrado en un mundo totalmente nuevo para ella. Otros pensamientos, otras ideas, otra lengua, otras creencias. Es una buena oportunidad para ella para experimentar nuevas sensaciones, para intercambiar conocimientos. Todo estas transferencias no se quedarían en una utopía si no fuera por las reglas tan estrictas a las que están sometidos. Y en este caso, incluso, a las que se autosomete. Y esas reglas jamás se olvidan, están ahí, siempre presentes, como el hiyab que cubre su cabeza. Sigo pensando que Occidente puede aprender grandes cosas de la cultura islámica. Pero hay demasiados muros por derribar, construídos por unos y otros, por supuesto. Si yo me he encargado durante toda mi vida de tirar mis propios muros, obtenidos de mi cultura, de mi formación en esta sociedad occidental, ahora me encuentro con muros recién edificados por unos gobernantes que han decidido encerrarse en sí mismos, endurecer su piel, reafirmar su cultura haciéndola impermeable. Todo por miedo. El exterior es peligroso, Occidente es peligroso. Existen locos gobernando en aquellos países occidentales. La historia siempre se puede razonar. Pero sigue dándome rabia. Sobre todo cuando veo películas como la de "Bab'Aziz, el sabio sufí". En ella me recuerdan lo que otros quieren que olvidemos. Que debajo de esa dura piel de normas impuestas, de terrorismo organizado, de aislamiento cultural que nos quieren vender aquellos locos ávidos de petróleo que buscan más poder en Occidente, hay mucha sabiduría. Mucha.
3. Por último, es hacer referencia a este último fin de semana. La perdida de un eslabón antiguo y la creación de una unión cercana. Parecía que hubiese estado planeado de antemano. La muerte de mi abuela, el eslabón más antiguo por parte de mi padre. El casamiento de mi hermano. Todo en el mismo fin de semana. Toda una amalgama de sentimientos entremezclados que eran imposibles de encuadrar o clasificar dentro de un estado anímico. Para qué. Me sentía triste y feliz, aliviado y angustiado, cansado, sobre todo cansado. Todo sucede. Y a veces se produce de forma secuencial. Sin planearse se creó un tren de emociones que viajó a través del tiempo. Y aquí estoy ahora. Dispuesto a aceptar mi vida en un tren. Sin más preámbulos. El tren arranca.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantó tu análisis (como diría el argentino...), y cómo dividiste el post en puntos, jeje...
Un besotazo guapi!