Tripotrapos. ¡Aaaaahh! Por los pelos, siguiéndote, Anlurina, he podido pillar también el tren. ¡Menos mal!
Y he podido oír tus comentarios que hacías al llegar a nuestro querido y casi olvidado medio de transporte. Y ahí va mi reflexión: ¿por qué me suenan tanto? ¿Por qué conozco esos cambios, esas personas, esas sensaciones?
Fue el trabajo el que puso ante mis narices la gran diversidad de gente que nos acompaña, y que ni siquiera reparamos –ni queremos reparar- en ella. Suben al bus, con sus pieles oscuras, o sus ojos achinados, o sus moños tapados por elegantes y coloridos pañuelos. Suben al bus, con su bebé en el pañuelo que llevan en la espalda, y sus otros tres niños correteando a su alrededor, pero nunca perdiendo de vista a su mamá. Suben al bus, hablan entre ellos, bajan del bus. Y lo único que vemos es el asiento ocupado, pero no vemos nada más. Y menos mal. ¿Seríamos capaces de ver, sin marearnos, el desembarque del cayuco? ¿Y la media docena de hijos, dejados atrás, más allá del Atlántico, en esas altas montañas peruanas, en o Brasil repleto de gente, esos niños flacos y de melodioso dialecto? ¿Seríamos capaces de soportar los párpados abiertos si viéramos a esa mujer, de niña (quizá no hace tanto tiempo que fue niña), andando horas para llegar a su escuela, o a la fuente de agua potable? Y un largo etcétera… Yo sé mi respuesta: no. Prefiero seguir viendo asientos del autobús llenos. Me mareo con todo lo demás.
Pero el trabajo, y seguro que una parte de mi misma, me pone delante de mis narices todo eso, y más. En realidad, es lo que pasa cuando decides ir a trabajar al “Bronx” de mi isla, esto pasa por escoger una plaza de “atención a la diversidad” en el barrio más pobre y más marginal de la ciudad.
Y es cuando ocurre el milagro.
Es cuando se invierten los papeles, y dejo de ser una profesora y me convierto en una alumna. Dejo de ir hasta allí para enseñar, y hago el trayecto de mi casa hasta allí para aprender. Me siento en una silla privilegiada cada mañana, con una veintena de chavales, en frente de mi, instruyéndome. Hablándome de las cosas que para ellos son habituales, y yo escuchando. Al dar mis opiniones, ellos tienen que hacer un sobreesfuerzo, no sólo por el idioma, sino porque mis ideas son tan lejanas a las suyas, tanto, que da risa. La risa se apodera de ellos si les pregunto si van a comprar con sus madres al supermercado. Niños y niñas ríen sin parar, pues parece evidente –aunque yo no lo pille- que un niño (macho) jamás iría al súper con su maaama. Ahí es donde intervienen las niñas, contentas por su buena educación recibida, y que piensan transmitir a su descendencia.
En lo que va de curso he aprendido algunas palabras en árabe (algún insulto, es evidente), he aprendido algunos rituales gitanos, he aprendido los típicos castigos de las escuelas de Kenia, también cuán triste puede estar un niño cuando ha sido maltratado, y también cuán extraño puede ponerse alguien al perder su casa, por falta de pago. También cuando alguien echa de menos a su mamá, o mil cosas más. He visto reportajes de bodas árabes, con la belleza de sus vestidos, los colores, la poesía, mi nombre escrito en árabe, las dificultades de algunos chicos para pertenecer a un grupo, lo divertido que es, según parece, robar…
Pero lo que me han enseñado mejor esos maestros, es que, en una pequeña aula, podemos estar 20 personas, cada una cargando con nuestra raza, nuestra piel, nuestros ojos, nuestra lengua, y reírnos de todo ello. Y hablar de ello sin que sean los insultos los que se paseen de pupitre en pupitre, hiriendo sensibilidades, sino sólo curiosidad. Ganas de saber del otro. Hablar de los góticos, de los payos, de los gitanos, de los moros y los cristianos, y de los chinos, y de los sudamericanos, de los negros, y de la Eulalia que – ¡vaya gracia!- ¡é de aquí! ¡Qué rara que é esa mujé!
Pero una vez la curiosidad se ha calmado, ocurre un fenómeno un tanto extraño: los colores se diluyen, los acentos desaparecen, se mezclan los aromas y las lenguas. Y es en ese momento cuando ves a la chica mora bailando flamenco con la chica negra, en un baile bellísimo, con unos toques involuntarios de danza del vientre y danzas tribales que no hacen si no realzar el momento, momento que consigue una risa general de todos los presentes. Y es esa risa la “culpable” del hecho que un grupo que, según algunos inexpertos, podría ser una bomba, sea realmente una fiesta y un derroche de culturas y sabidurías, que van mezclando consiguiendo el mestizaje al que, según la entropía, deberíamos llegar. (Aunque jamás de los jamases entenderán el teorema de Tales, evidentemente)
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